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'Burdeles, picaderos y lupanares': crónica del vicio español

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Mesonero Romanos escribió que Madrid era un «poblachón manchego». Azorín añadió que la capital de finales del siglo XIX y principios del XX tenía costumbres y ambiente similares a los de un pueblo grande, de urbe aburrida y artificial, de ventanas cerradas y boato ministerial. Valentí Almirall, catalanista con rencor, veía en Madrid una ciudad de «gente desocupada». Aseguraba que no era posible encontrar a «un personaje» de «buen humor» hasta «la una y las dos de la madrugada». Esto recordaba a lo que decía Sabino Arana sobre los españoles: gente blasfema e inmoral que bailaba abrazada. El caso es que unos y otros, críticos y criticados, mantuvieron siempre una distancia entre el deseo de tener una imagen pública intachable y la vida licenciosa más o menos privada. Javier Rioyo lo ha contado muy bien en su obra «Burdeles, picaderos y lupanares» (Almuzara, 2026) donde hace una crónica del vicio y una radiografía de la doble moral que ha definido a una parte de España durante siglos.

Rioyo se remonta al principio de todos los tiempos. Fueron los fenicios quienes introdujeron la organización del amor alquilado en la península, permitiendo a los rudos pueblos locales olvidar sus penas de caza o navegación en sórdidos habitáculos donde practicar la coyunda extramatrimonial. El refinamiento de dicha costumbre llegó con Roma. Como decía el personaje de «La vida de Brian»: ¿Qué han hecho los romanos por nosotros? No solo trajeron las carreteras, el alcantarillado y los acueductos, sino que, con su amor al Derecho, reglamentaron la prostitución en Hispania. La calificaron con el término meretricium. El concepto de «lupanar», derivado de la loba (lupa), se convirtió en una institución donde las mujeres necesitaban una licencia stupri y pagaban el impuesto del vectigal. No hay vicio sin pagar una tasa. En la Hispania romana, las «rameras» recibían ese nombre por la rama que colgaban en sus chozas a las afueras de las ciudades para señalizar su oficio. Luego vendrían los faroles rojos.

La reconversión

Con la llegada de la Edad Media, cuenta Javier Rioyo, la prostitución no desapareció, sino que se reconvirtió por las leyes godas y la moral cristiana. La clandestinidad propició la aparición de falsos «monasterios», que no eran sino prostíbulos ilegales con apariencia exterior de conventos, dirigidos por una «abadesa» o mayorala que hacía las veces de carcelera de las «hermanas».

Alfonso VI, conquistador de Madrid, se erigió, asegura Rioyo, como el primer monarca «libertino». Mientras tanto, figuras como el Arcipreste de Hita recordaban en el «Libro del buen amor» que el mundo trabajaba por dos cosas: comer y yacer con «hembra placentera».

Una de las paradojas más curiosas se dio con los Reyes Católicos. A pesar de su fama de recato, Isabel y Fernando otorgaban burdeles como premio por los servicios militares prestados. Don Alonso Yáñez Faxardo, el trinchante real, recibió el privilegio de ser propietario exclusivo de las mancebías de Málaga, Granada y otras plazas por sus méritos en la guerra contra los moriscos. En Madrid, la Calle de la Mancebía (hoy parte de la calle Toledo) se convirtió, narra Rioyo con mucha gracia, en una institución extramuros donde fornicaban por igual hombres corrientes y caballeros.

El Siglo de Oro transformó a Madrid en la capital mundial de la picaresca y el pecado. El autor cuenta que Felipe IV fue el mayor exponente de una sensualidad pasiva, confundiendo su corte con un lupanar gigante. El monarca, que tuvo treinta hijos bastardos, recorría la ciudad en busca de piezas de caza mayor, desde actrices como la famosa Calderona hasta damas de la nobleza e incluso novias de convento. Fue un tiempo de contrastes brutales, donde la Inquisición perseguía la inmoralidad mientras los aristócratas se entregaban a orgías en el palacio de El Pardo o en los jardines del Buen Retiro.

De la "blanca aguileña" a la "fea discreta"

No podemos olvidar a Francisco de Quevedo, quien con su pluma mordaz realizó una tasa de las «hermanitas del pecar», clasificándolas por su físico y estableciendo precios irónicos para cada una: desde la «blanca y aguileña» hasta la «fea y discreta» que se toma como purga en la oscuridad de un portal. En este Madrid barroco, Rioyo cuenta que hubo «tapadas», es decir, mujeres que burlaban a padres y maridos para entregarse a aventuras amorosas en templos y tabernas.

La llegada de los Borbones en el siglo XVIII lo cambió todo, al menos en apariencia. Hubo un intento de controlar el vicio y de moralizar. Carlos III, el «mejor alcalde de Madrid», fue un gobernante monógamo y moralista que prohibió desde los autos sacramentales hasta el galanteo en las fuentes, provocando el rechazo de un pueblo acostumbrado a la fiesta. De hecho, Rioyo cuenta que la prostitución seguía existiendo en las «posadas secretas», que eran alojamientos económicos donde se practicaba el curioso «media con limpio»: compartir cama con un desconocido que no tuviera sarna y piojos. En este siglo, Nicolás Fernández de Moratín escribió su «Arte de las putas», un libro prohibido en 1790 pero que circulaba de forma clandestina. En sus páginas se describían con precisión los nombres y lugares del «putañeo» madrileño, desde las bodegas de la calle de la Montera hasta los barrancos de Recoletos.

El siglo XIX madrileño fue el escenario de la corte de Isabel II. La reina, a la que el papa Pío IX llamó injustamente «puta, pero pía», tuvo amantes, asegura Rioyo, para compensar el matrimonio desastroso con Francisco de Asís. Esta época también vio el ascenso de Luis Candelas, el bandido romántico que reinaba en los barrios bajos y en las tabernas donde se mezclaban chulos, manolas y liberales. Al mismo tiempo, los hermanos Bécquer, que habían vivido cobijados por los moderados del general Narváez, quisieron hacer dinero con imágenes pornográficas compiladas como «Los Borbones en pelota».

Ya en los albores del siglo XX, el Madrid que describió Azorín como aburrido se entregó a la picardía erótica. Cupletistas como La Fornarina y La Bella Otero se convirtieron en las nuevas estrellas del erotismo. Despertaban pasiones entre los intelectuales del 98 que frecuentaban el Kursaal o el Teatro Barbieri. Alfonso XIII, asegura Rioyo, tuvo amantes como la actriz Carmen Ruiz Moragas y consumió cine pornográfico.

Señoritos, milicianos y corresponsales

La dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República no extinguieron el negocio, solo lo transformaron. Mientras el dictador frecuentaba el «colmao» Villa Rosa por los ojos de La Caoba, los jóvenes intelectuales como Buñuel o Lorca exploraban una erótica surrealista en las casas de la calle de la Reina. Durante la Guerra Civil, la prostitución persistió en la retaguardia madrileña a pesar de los esfuerzos de organizaciones como «Mujeres Libres» por suprimirla mediante «liberatorios» de formación. La guerra adaptó a las putas de Madrid, que cambiaron a los señoritos por milicianos o corresponsales extranjeros.

Rioyo recuerda que la posguerra trajo el hambre y la prostitución de supervivencia entre las ruinas del extrarradio. Fue el tiempo de las «Lolas de espejos oscuros», mujeres de alterne que buscaban estraperlistas en el Pasapoga o en la terraza de Riscal. La Gran Vía se convirtió en el epicentro de un Madrid cosmopolita, donde el bar Chicote era el lugar sagrado para iniciar una noche de alcohol y conquistas. En los años cincuenta y sesenta, los jóvenes escritores como Martín Santos retrataron en «Tiempo de silencio» la sordidez de los burdeles sabatinos, donde la «vieja Norton» reinaba sobre habitaciones con olor a axilas y vino barato.

Finalmente, Rioyo describe el impacto de la llegada de Ava Gardner a Madrid, que supuso el estallido de un ardor mitológico. La actriz se convirtió en la reina de una fiesta interminable de tablaos y madrugadas, desafiando la moral nacional-católica de la época. Con la prohibición oficial de los burdeles en 1956, el negocio se desplazó a las barras americanas de la «Costa Fleming», donde el alterne disimulaba lo que antes era público. La obra, construida con una prosa desbordante, termina ahí, justo cuando queríamos saber qué pasó con el vicio en la época del destape y de la «gauche divine».

COSTUMBRES PROSTIBULARIAS

La historia parece mostrar que no es posible acabar con el lenocinio. José Luis Guereña cuenta en «La prostitución en la España contemporánea» (2003) que abolicionismo no ha funcionado nunca, sino el reglamentismo. Desde finales del siglo XVIII hasta 1956, cuando se prohibieron los burdeles, se prefirió la adaptación a la realidad y utilizar mecanismos administrativos y sanitarios para vigilar los lupanares y censar a las personas prostituidas. Al final, todo quedó en manos de los ayuntamientos, lo que hizo que las costumbres prostibularias se trasladaran donde hubiera mayor permisividad. El burdel se convirtió así en un espacio de sociabilidad masculina, sobre todo donde había prostitutas fijas, y su «salón» en un lugar de encuentro de los lugareños. Quizá por esto existía el rito de la visita colectiva a la «casa de putas» o de iniciación del hijo al sexo.















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