Condenados al terror
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Los que han cometido esta masacre injustificable puede que no se reconozcan bajo la bandera del ‘emirato’ de los talibanes, aunque de todos modos forman parte de esa misma órbita de fanáticos yihadistas en la que unos y otros intentan acabar con cualquier signo de libertad y civilización en nombre del islam. Si talibanes y militantes del mal llamado Estado Islámico no han llegado a congeniar nunca en Afganistán no será porque tengan una convergencia en lo esencial, que es asesinar a todos los que no se someten a sus delirios. De hecho, aunque los talibanes se han desmarcado de este crimen, lo han hecho señalando a los norteamericanos como supuestos responsables de esa zona del recinto, no para condenar a los que han imaginado y perpetrado esta masacre.
Esto -violencia ciega y persecución religiosa- es lo que les espera a los afganos una vez que los últimos soldados aliados hayan dejado el país y esta es la razón por la que tantos de ellos están intentando desesperadamente salir a toda costa. Para los occidentales queda la vergüenza histórica de esta retirada convertida en derrota humillante, a la que algunos gobiernos quieren añadir el obsceno desdoro de abandonar conscientemente a estas personas, cerrándoles indiscriminadamente las puertas de sus países. Una pequeña parte de ellos, al menos los que tienen vínculos directos con la acción civil o militar de los europeos y los norteamericanos, podrán tal vez ser evacuados ‘in extremis’ y trasladados a países donde al menos podrán sentirse a salvo de la persecución de los talibanes. Desgraciadamente, la inmensa mayoría de personas que un día confiaron en que Occidente sería capaz de ayudarles a construir un país decente no podrán ser salvados.
Es cierto que este atentado demuestra también que es más necesario que nunca que los servicios competentes presten toda la atención necesaria a las características del flujo de afganos que están llegando a Europa, porque también hay que tener en cuenta que entre tantos miles que merecen protección habrá también un número indeterminado de terroristas, con sus aguijones bien preparados para atacar a la mínima ocasión. En todo caso, nadie podrá extrañarse de ello y mucho menos aquellos que pensaron que la solución pasaba por negociar con los escorpiones.
