Hace unas semanas, un grupo de amigos españoles me dijo que viajaría a Israel para participar en un proyecto artístico que reúne a palestinos e israelíes. Celebré la noticia, por supuesto, pero una nube de paranoia cruzó mi mente. Netanyahu había recrudecido el ataque armado a los civiles en Gaza y una creciente consternación internacional condenaba de forma unánime los desmanes del primer ministro israelí. Me preocupé aún más. Alerté a mis amigos sobre la pertinencia de aquel viaje. Ellos disiparon mis temores haciéndome ver que nada malo podría pasar. Que se trataba de un proyecto para la paz. Que nada malo podría ocurrir. Consciente de que las ciudades a las que viajarían estaban muy poco expuestas a un ataque...
Ver Más