Domingo Evangelio tiene 19 años. Estamos en 1936 y viaja en un vagón de los de antaño, con asientos desvencijados y las ventanillas bajadas para combatir el asfixiante calor. Se dirige junto a otros muchachos, casi imberbes, hacia el frente. Con el traqueteo del tren de fondo, escribe una carta a Rosa, la mujer a la que ama y que, años más tarde, se convertirá en su esposa y madre de sus tres hijos. Lo hará muchas veces más durante la contienda, convirtiendo esos trayectos monótonos en retazos de intimidad e introspección. Páginas que escribe entre la esperanza de que todo acabe pronto y el temor a que la Guerra Civil Española solo sea el anticipo de una gran contienda internacional.
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