Almorchón , en Badajoz, suena a pueblo inventado y a piedra antigua bajo el sol. Fue cruce ferroviario vital entre Castilla-La Mancha, Andalucía y Extremadura, corazón de hierro que latía al ritmo de locomotoras que llevaban y traían hombres, sueños y carbón. Y fue precisamente allí donde Virginia Woolf , con apenas 23 años y la mirada afilada de quien aún no se sabe escritora, bajó del tren. O al menos creyó haber bajado en un lugar de Andalucía. Porque en su relato ‘Una posada andaluza’, lo llamó «Amonhon», deformación fonética que intentaba capturar lo inasible de un idioma ajeno y de una experiencia aún más extraña. Tampoco importaba el nombre. Para ella, aquello era el sur profundo, reseco, inexplicable....
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