Angélico mira a la cuesta de las bodegas una vez más. Esboza una sonrisa y piensa en el esfuerzo que le va a suponer la caminata hasta el canal. Ni se le pasa por la cabeza llegar hasta el majuelo que tantas veces sulfató con el perro enredado entre sus piernas y las ruedas del carro que con fuerza hercúlea empujaba en su juventud cargado de sacos de pienso. Los años pasan y las pesadas con camiones cargados de cerdos en la báscula se aparecen como retazos de la memoria tan lejanos como aquellas charlas sin alboroto entre Feli, Luisa y Tere que bien pudieron inspirar a Battiato sin haberlas conocido. Los recuerdos se desdibujan acomplejados ante la marabunta de...
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