Con la herida fresca en el gemelo por su cornada en Mont de Marsan, tan solo 72 horas después de que un toro de Escolar le abriese un boquete, Damián Castaño reaparecía en Santander . Contra todo pronóstico médico, con el alta voluntaria e infiltrado. La herida aún sangraba en la memoria y en la carne, pero los toreros pertenecen a otro mundo. Con el alma por delante y el cuerpo a rastras –la cojera era más que ostensible–, se plantó en la arena para enfrentarse a un toro. Y no al de cualquier ganadería, sino a la de Miura. Y no a cualquier miura, sino a un miureño antiguo, de esos que miran con ojos de siglos, con ojos...
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