Las dos personas normales contemplan un paisaje lleno de cascotes, lavadoras oxidadas, mondas de naranja, desde la segunda cima más alta del vertedero municipal: una colina semiorgánica de cuyas correteantes amenazas las separa, o eso esperan ellas, un somier viejo. La primera persona normal sujeta a pulso una impresora. —Creo que se ha movido algo. —¿Dónde? —Ahí. Creo que he visto unos ojos en la oscuridad. —¿En qué oscuridad, si es por la tarde? —En la de la caja esa. —La señala. Efectivamente, una caja sucia de cartón se mueve un poco; y, efectivamente, es por la tarde (aunque, de haber sido invierno, sería ya por la noche; cosas de las estaciones). —Pues dices tú, pero yo no tengo claro...
Ver Más