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Июль
2025

La comunidad migrante en el dilema de la convivencia y la violencia en el habitar del otro

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En el recorrido de los últimos días, aparece en el corazón de los espacios más íntimos de las comunidades migrantes la vulnerable situación de vida ante las formas en que emergen las violencias dentro de los lugares donde viven tanto en Chile como en países vecinos.

En el seno de las conversaciones familiares donde niños/as y padres-madres conversan de los cotidianos propios de las ciudades o comunidad donde se encuentran viviendo, se hace descabellado abordar y pensar que ocurran hechos de violencia que carecen de justificación alguna para su aparecer ante la vista de cualquier persona, más aún en sosiegos familiares íntimos. 

La creciente taza de violencias hacia personas migrantes en algunos países donde el tránsito o la residencia de extranjeros/as ha aumentado en la últimas dos décadas, el racismo, la diferencia cultural y las expresiones nacionalista que movilizan la exclusión de minorías en promoción e los conflictos. Podría hacer posible que vemos, hoy por hoy, actos como el propinarle un disparo de escopeta a una persona estando en el piso, mientras es atacada por varias personas. Una escena de ajusticiamiento despiadado y de violencia extrema que ocurre en Chile. ¿Cómo conversar de esto en familia?

Sin tener respuesta a lo anterior, podemos problematizar las construcciones socioculturales, políticas y económicas que orquesta el modelo neoliberal para la producción del sujeto migrante, que configuran precisamente a un otro distinto; un sujeto precarizado, disminuido y vulnerable, para ser tratado como alguien sin derechos, sin acceso, e incluso como una persona sin habilidades sociales para resignificar lo local y habitarlo desde sus propias posibilidades culturales.

El dilema de vivir en Chile siendo migrante, pareciera configurarse desde las ya dichas atribuciones sentidas que median la interacción cotidiana que parecen ser entendidas desde los límites entre unos y otros, más no desde la construcción conjunta del habitar cotidiano, como sujetos de derecho y con autonomía cultural en condiciones racionalmente interculturales.

Manteniendo al frente de la observación el cotidiano donde se enmarcan o alojan las comunidades migrantes es aún más complejo que lo expresado en la presente opinión, a mi juicio debemos preguntarnos; cómo revertir un escenario de convivencia definido por la soberanía, la frontera-liminal, el control y lo nacional. Aspectos que componen un estilo cultural del supremo-local, el cual, al parecer habilita a cualquiera para ejercer violencia a otro, al punto de poder aniquilarlo.

La muerte es un hecho indudable en el curso de la vida, pero la indiferencia ante el homicidio y la xenofobia son actitudes que fortalecen las violencias con las cuales se van definiendo las formas de convivir, con un fuerte énfasis en lo fronterizo —cultural, local, corporal, distinto = extraño— que se debe defender a cualquier costo, porque ya está ocupado ese habitar simbólico y además en lo material, el territorio ya tiene dueños/as. Pero caen en el espanto cuando ese control se les escapa con la aparición del otro, en este caso, el migrante que hace ruido, viene a quitar el trabajo o a proponer nuevas formas de resignificar el habitar.

En el complejo acontecer de los años actuales, el poco protagonismo del Estado y con ello la ausencia de políticas sustantivas que aborden la convivencia como eje temático desde una perspectiva de Derechos Humanos que incluya diversidades culturales para la construcción de ciudadanía se hace necesario. Cautelando, no caer en soluciones subsidiarias o propagandistas que encubran el desinterés político para la definición de procesos directos que garanticen el acceso, la inclusión, el respeto y, ante todo, la posibilidad de llevar una vida digna.















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