Japón es un lugar distinto. Ni mejor ni peor, simplemente otro universo. Desde el momento en que aterrizas, te das cuenta de que lo que sabías del país -por vídeos, amigos o tópicos- se queda corto. Y quizás menos evolucionado de lo que pensábamos de partida. Como muestra, una anécdota. Tras el primer partido, los periodistas desplazados pedimos comida y llegó dos horas y pico más tarde,
en un país donde los trenes llegan al segundo y los baños tienen más tecnología que una nave espacial. Pensábamos que todo iba a ser futurista, pero nos topamos con taxis sin datáfono y negocios que solo aceptan efectivo. En cambio, los váteres te saludan y hasta te ponen música.
Cada día era una mezcla de asombro y adaptación. Seguir leyendo...