En agosto de 1905 tuvo lugar una de las escenas más insólitas del siglo XX en Sevilla: todo un arzobispo, envuelto en ropajes propios de su dignidad (manteo y capelo), pidiendo limosna por las calles. A falta de imágenes fotográficas, tenemos esta instantánea debida a la pluma de Santiago Montoto: «Iba destocado; sobre sus hombros llevaba la capa morada de lanilla; el sol lo abrasaba; el sudor bañaba su rostro, lívido, sofocado por el calor agosteño; en los labios, su inefable sonrisa; su caminar era lento; andaba por las calles céntricas y por los barrios bajos; entraba en los palacios y bajaba a los tugurios; visitaba casinos y entraba en las tabernas. En todas partes tendía su mano esquelética pidiendo...
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