Dicen que en Toledo todo huele a historia . El aire parece llevar impreso el eco de los pasos de judíos, musulmanes y cristianos que aquí convivieron, crearon y dejaron su huella. Pero hay una parte de esa historia que no se ve en las fachadas de las iglesias ni en los libros de texto. Se esconde en los talleres pequeños, en las manos arrugadas de quienes aún practican el «damasquinado artesanal, ese oficio milenario que convierte el metal en arte. Yo crecí viendo cómo mis vecinos e incluso en la casa de mi abuelo trabajaban el acero con paciencia infinita , incrustando hilos de oro y plata con una delicadeza que solo entienden quienes lo han intentado alguna vez....
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