Imaginen que un viajero ha comprado un billete de Renfe para ir desde Cádiz a Pamplona con dos transbordos: en Sevilla y Madrid. Imaginen que se cumple la hipótesis más probable: el primer tren –de Cádiz a Sevilla– no sale por averías. Así que el viajero debe comprar otro billete –el primero ya no le vale– para continuar a Pamplona, con enlace en Madrid, donde dispondrá de 37 minutos para cambiar de tren. Imaginen que el tren sale de Sevilla con un retraso que le deja sin margen para el enlace. Aun así entra en Atocha cuando el tren Madrid–Pamplona aún no ha salido. Imaginen que un pasajero de este último tren contacta con la interventora para informarle que el viajero, que es una mujer embarazada de siete meses, está entrando en la misma vía y le ruega que se la espere apenas un minuto. Pero la interventora le contesta que el tren no espera, así que la mujer ve cómo su tren se marcha. Imaginen su rabia e impotencia, y los epítetos que le dedica a los responsables de la red ferroviaria. Esto ocurrió el fin de semana pasado. Las miles de historias similares, son muestra del lamentable estado de un servicio público que pagamos a precio de primer mundo para unas prestaciones tercermundistas, y además con mala uva. Manuel Sierra Martín . Pamplona Nos están inundando últimamente, tanto por la Gerencia de Urbanismo, como en los medios de comunicación y redes sociales, de las obras que se van a llevar a cabo o que ya se están ejecutando y por todos lados se habla de la sustitución del asfalto en las calles por el «tradicional» adoquín de Gerena que es más típico de la ciudad y sus bondades para los ciudadanos. Ya me gustaría que alguien se diera una vueltecita a pie por muchas calles y no precisamente de extrarradio y comprobara las bondades de dichos adoquines. Por ejemplo y para citar alguna zona del Centro, no digo ya de las afueras, sería conveniente que alguien se diera una vueltecita por la calle Misericordia, desde José Gestoso hasta la plaza del Pozo Santo y comprobara las bondades de los «adoquines». Aparte de tener que hacer juegos malabares, a las personas que tienen ya una cierta edad y algunas que van con andadores o con bastón, se unen las personas a las que llevan en sillas de ruedas y los padres que llevan carritos de bebé los equilibrios que tienen que hacer para poder circular por esa zona es de nota, que además tiene tráfico por tener acceso a aparcamientos particulres. Otro ejemplo es la calle Laraña y zona de la Encarnación, con pasos de cebra incluidos, menuda odisea.Los adoquines no son iguales y al ponerlos en las calles, si no están bien cortados, si no tienen una buena base donde asentarse que impidan que se muevan y las llagas que hay entre ellos estén bien selladas, serán muy decorativos, pero un auténtico infierno para peatones y personas con dificultades para moverse, no digamos ya las que van con sillas de ruedas y necesitan quien los trasladen de un sitio a otro. Algunas veces lo decorativo no es sinónimo de práctico. Pilar Eguara . Sevilla