De la caseta de aperos sólo quedaba su armazón, carbonizado. A su alrededor, un páramo negro. Cada cierto tiempo, Carlota se encaminaba hacia lo que quedaba de la pequeña piscina prefabricada, deformada por el fuego. Rellenaba con agua un par de botellas de plástico para asistir a su padre en la tarea de sofocar el fuego. «Llegamos a pensar que [la parcela] se habría salvado. Hasta esta mañana, cuando hemos visto a través de distintos canales de televisión nuestra caseta envuelta en llamas », cuenta Javier, de pie frente a lo que consideraba su pequeño refugio en el campo, ahora reducido a cenizas. A las siete de la tarde del pasado lunes, un fuego de vegetación de gran magnitud se...
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