Venecia se encuentra en una encrucijada existencial. Su belleza, que ha fascinado a los visitantes durante siglos, se ha convertido en una espada de doble filo. La ciudad de los canales, que en el pasado vibraba con el pulso de sus habitantes, ahora late al ritmo frenético de un turismo de masas que no siempre le beneficia. Cada mañana, oleadas de turistas desembarcan desde autocares, trenes y cruceros para recorrer en pocas horas la que fue capital de la República de Venecia, puente entre Oriente y Occidente. Y cada tarde, esas mismas multitudes se esfuman dejando tras de sí la sensación de un paso efímero, que poco ha aportado y que a menudo deja un rastro de suciedad, según muchos...
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