De pronto, un día cualquiera, los de la sillita de playa tienen razón. Y el veraneante piensa: ¿dónde has estado todos estos años, sillita mía, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, pecado mío, alma mía, si-lli-ta? El diminutivo es fundamental, pues le quita peso al objeto y le suma una dosis de amor: no es para menos. Es famoso el codo de tenista, pero no tanto el codo del lector de playa, que ha truncado carreras académicas y literarias como ninguna otra dolencia conocida y catalogada. Leer, en la arena, es más una tortura que un reto; podría ser deporte olímpico, de hecho, pero el COI lo descartó porque las lesiones de espalda eran peores que las del...
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