Regresaba Morante cuarenta y ocho horas después de su bronca en Salamanca y las dehesas dejaron de ser verdes: una mágica paleta de colores barnizaba de torería y oro la tierra charra, la brava tierra donde habían criado los toros para la concurso de ganaderías. Desplegó su capote Morante y las campanas de la catedral enmudecieron: su bronce guardó silencio ante el tañido sagrado que su gavilla de verónicas arrancaba. Toreaba Morante y la libreta de los mayorales se hizo pergamino: la humilladora clase de Corchoso –dentro de su contado poder– quedó anotada por el de Garcigrande, tan bien lucido en sus tres encuentros con el peto de Ángel Rivas, tan bien tratado y, a la postre, vencedor de la...
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