Si algo convierte al pádel en un deporte tan adictivo es su capacidad para escribir historias inesperadas. La emoción de
no saber qué pasará, de que en cualquier momento pueda surgir una sorpresa capaz de cambiarlo todo, es lo que mantiene a los aficionados pegados a cada punto. En un escenario donde los favoritos no siempre tienen el triunfo ni mucho menos garantizado, las gestas adquieren un sabor especial. Y así lo demostraron los
octavos de final del Rotterdam Premier Padel P1.
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