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Girona vive desde hace años instalado en una paradoja. Deportivamente se ha ganado un espacio en la élite, ha probado el sabor la Champions y se ha acostumbrado –aunque ahora no esté el contexto para tirar cohetes– a mirar de frente a los grandes. En cambio, su casa sigue siendo un estadio al que se le han ido añadiendo piezas provisionales, gradas retráctiles y parches de urgencia para ir tirando. Montilivi continúa siendo el hogar sentimental del ‘gironisme’, pero el club y la ciudad están cada vez más cerca de tener que responder a una pregunta incómoda: ¿Hasta cuándo puede sostenerse un proyecto de Primera División en un estadio pensado para otra época?
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