Como lector puntual de las Terceras de ABC, leí la del pasado lunes, en la que veo que mi tan admirado escritor confunde la música con la canción… Vamos, que una canción es 'Bésame mucho', 'La flor de la canela' o 'Corazón partío'; y no las 'Visiones fugitivas' de Prokófiev, los 'Estudios sinfónicos' de Schumann o la 'Catorce' de Shostakovich; como un cuento no es un ensayo, ni un dibujo una pintura. El autor pretende alejar al ser humano de su gemido o suspiro natural, tan ordinario, para que llegue a hacerlo en do sostenido mayor, y hasta dodecafónica o serialmente… O sea, que el gorrión o el gallo nos dejen de dar la murga cada amanecer con su misma canción, y curiosamente llevando el escritor un apellido tan ilustre en la canción… Hay mucho que aclarar sobre la desvalida canción; que la rosa es la rosa y no quiero que de tanto manosearla me la marchiten. Manuel Alejandro . Madrid Días atrás ABC publicó una página de publicidad institucional que enumeraba una larga serie de 'poderes': poder opinar, creer o no creer, casarse, divorciarse, abortar, cuestionar las noticias o incluso cuestionar el propio anuncio. A primera vista, el texto pretende ser un manifiesto democrático. Sin embargo, leído con detenimiento, muestra un problema profundo: convierte la libertad en un eslogan y la democracia, en un producto de consumo. La lista de libertades presentada no es neutral. Incluye, por ejemplo, «poder abortar», pero omite el derecho a defender la vida. Invita a «cuestionar a los poderosos», pero no a cuestionar cualquier injusticia, venga de donde venga. Habla de «cuestionar las noticias», sin distinguir entre falsedades y hechos comprobables. Ese relativismo, disfrazado de pluralismo, termina debilitando la noción misma de verdad. Cuando se invita a «cuestionarlo todo» sin ofrecer criterio ni responsabilidad se pasa del pensamiento crítico al escepticismo indiscriminado. Y ese terreno es fértil para la posverdad, el conspiracionismo y la erosión de la confianza pública. Una democracia sólida no se sostiene únicamente en derechos; necesita deberes, verdad compartida, instituciones fuertes y un compromiso real con el bien común. El peligro de mensajes como este es que reducen al ciudadano a un consumidor de libertades, sin recordar que la libertad auténtica requiere límites éticos y responsabilidad cívica. Una sociedad donde todo es posible puede derivar en una sociedad donde nada importa. La democracia no se fortalece con listas seductoras de permisos, sino con ciudadanos capaces de discernir, con gobiernos que dicen la verdad, aunque sea incómoda, y con una cultura pública que no confunde pluralidad con arbitrariedad. Por eso, más que celebrar la publicidad, conviene leerla con una pregunta honesta: ¿estamos ante un elogio de la libertad o ante un disfraz oportuno que busca hablar en nombre de ella mientras la vacía de contenido? Felisindo Rodríguez . Buenos Aires (Argentina)