Isla Mauricio: un tesoro hindú entre aguas turquesas
El viento se cuela como un murmullo de película en las
extensas plantaciones de caña de azúcar. Entre tallos interminables y hojas
espigadas, el zarandeo susurra su origen europeo, cuando en 1598 los
colonos holandeses iniciaron su cultivo en este archipiélago frondoso,
bañado por el tercer océano más grande del planeta. Es un movimiento
relajante y pasajero, como la llovizna suave que refresca el ambiente,
durante unos minutos, a primera hora de las mañanas de junio, julio y agosto.
No hay que olvidar que nos encontramos en el hemisferio sur, así que los
meses que los mauricianos enmarcan en su invierno se nos antojan, a los que
vivimos al norte del ecuador, como una estación plácida, ideal para
escapar del calor sofocante del estío entre playas de un turquesa
inimaginable.
Isla Mauricio es un destino perfecto también en
nuestros meses rudos, con el encanto propio de un paraíso perdido en el
Índico: una isla del tesoro desconocida que huele a especias, sabe a
vainilla y colorea la retina con fotogramas inesperados que se
envuelven con saris multicolor, sutiles como el humo del incienso y
vibrantes como las flores que adornan las ofrendas de los templos. Estos se
levantan en cualquier rincón de la pequeña Mauricio. Sagar Shiv Mandir
engalana la isla de Goyave de Chine, en Poste de Flacq (su mercado se
convierte en uno de los reclamos para los viajeros) y hasta Grand Bassin,
lugar sagrado supuestamente conectado con el río Ganges, acuden más de 300.000
peregrinos descalzos durante el Festival Maha Shivaratri.
El Gran Experimento
La cadencia hindú que sorprende nada más aterrizar, e
incluso en el vuelo, no es fruto de la casualidad. En Aapravasi Ghat,
situado en el distrito de Port Louis, en la capital, se encuentra la
clave narrativa de un movimiento migratorio masivo, cuyo modelo
replicaron otras potencias coloniales. En 1834, el gobierno británico
escogió Isla Mauricio para llevar a cabo, hasta 1920, lo que podría
denominarse una diáspora moderna del trabajo por contrato. Esta mano de
obra libre, que ponía fin a las garras de la esclavitud, fue bautizada
como el Gran Experimento.
El sitio de 1.640 metros cuadrados, inscrito como Patrimonio
de la Humanidad de la Unesco en 2006, conserva parte de la calzada
original, hojas de registro entre sus vitrinas, retratos congelados en
sepia y las 14 escaleras que cerca de medio millón de
trabajadores venidos de la India subieron antes de ingresar en el
llamado depósito de inmigración, donde se sometían a controles médicos
en el bloque hospital, eran vacunados en las pequeñas estancias que aún pueden
visitarse y firmaban la documentación que les acreditaba para trabajar en la plantación
de caña de azúcar asignada en Isla Mauricio (en la actualidad el bagazo,
residuo fibroso de la caña, se utiliza como biocombustible para generar
electricidad).
Esta puerta de entrada a la libertad (el esquema se
replicó con más de un millón y medio de personas en otras tierras
bañadas por el Índico e incluso el Caribe) se encuentra situada
frente a la pintoresca plaza de abastos de la urbe, una algarabía de artículos
locales, puestos con vistosas frutas, verduras frescas donde no
falta el cilantro, puntos de comida callejera a precios
irrisorios y alguna que otra delicia en forma de batido de helado que,
en Alouda Pillay, despachan desde 1930. An Dali, cuarta
generación, vende las botellas de litro a velocidad de vértigo. Cuestan 140
rupias, unos 2,62 euros al cambio, y se devoran en minutos.
Una ventana encantadora
Aunque muchas parejas de recién casados eligen Isla
Mauricio para saborear el amor, lo cierto es que es perfecta para disfrutar
de un viaje familiar, o con amigos, y para beberla a sorbos: célebre es
su ron y el jugo de la caña de azúcar que, paradójicamente, no es
tan dulce como se presupone, pero sí sabroso con zumo de limón y jengibre.
Este paradigma de convivencia entre hindúes, cristianos y musulmanes
es un destino para que todos los públicos se sientan, definitivamente, en la
gloria. Solo hay que elegir bien la compañía. Y el hotel, por supuesto,
porque de las maravillas naturales se encarga la madre tierra: Le
Morne es el refugio natural que cobijaba en tiempos a los esclavos
fugitivos (Patrimonio de la Unesco) y las cascadas de Tamarin, el
entorno donde encontrar monos, cuyas hembras se pasean con sus crías en
el regazo, con el rumor del agua como concierto habitual.
The Residence by Cenizaro tiene la virtud de situar
sus refugios en algunos de los destinos más bellos del mundo, así que no
sorprende que esta isla frente a Madagascar sea uno de los rincones
paradisíacos elegidos. En Isla Mauricio, la filosofía es la misma: el compromiso
con las comunidades locales, el mimo para que la experiencia de cada
huésped sea inolvidable (imposible obviar la oferta de bienestar llamado
The Sanctuary, que acaba de incorporar la marca española Natura Bissé),
el ritmo tranquilo y la sostenibilidad «Earth Basket». En The
Residence Mauritius, por ejemplo, el huerto anexo abastece parte de
la materia prima del restaurante The Plantation, un derroche de influencias
indias, europeas y criollas, donde también se imparte una de las numerosas
actividades del hotel: una clase magistral para aprender a seleccionar aromáticas
y elaborar un curry que, posteriormente, se disfruta frente a un mar
cristalino y un lejano arrecife de coral donde rompen las olas.
Entre los deportes de agua incluidos en la estancia, se puede navegar a
bordo de un «hobie cat», un barco panorámico, un kayak e incluso
aventurarse a practicar esnórquel entre peces multicolor. Los hay
lilas y amarillos, como el Chaetodon meyeri, y con rayas azulonas, como
el tropical Pomacanthus imperator.
La maravillosa sensación de desconexión se despierta
nada más atravesar el lobby, donde las filigranas de la arquitectura
colonial característica de las antiguas plantaciones de principios de siglo
y los centros de flores frescas marcan el inicio del camino que
desemboca en alguna de las 28 suites o de sus 135 habitaciones.
La 272 es espaciosa. Elegante. Acogedora y sutil
gracias a los postigos de madera, los aromas relajantes de vlang
vlang y los tonos beige que deambulan con delicadeza alrededor de la
imponente cama con dosel. Tiene una ventana blanca que mira hacia
el océano y desde la que casi se puede acariciar una palmera que
juguetea a menudo con la brisa. Es la última vista antes de abandonar
definitivamente la suite. A veces su imagen llama a la puerta de la memoria
en el momento más insospechado. Es entonces cuando la imaginación echa a
volar, con una pizca de nostalgia, e imagina cómo habrá amanecido la
isla o la expresión de los nuevos huéspedes, venidos de otras partes del mundo,
que en ese momento contemplen la ventana. Seguro que saborean la intimidad
de perder la mirada entre aguas turquesas y arena perlada. O
quizá pasean sus recuerdos entre los colores brillantes de una cata
de mermeladas entre panecillos de banano, la guinda de una visita
guiada en Plantation Vanille, lugar encantador donde Manisha Chinan
desvela los secretos delicados de esta orquídea comestible. Se
encuentra en la Villa de St Julien DHotman, cerca del Geoparque de
Chamarel, otro lugar único que, bajo el sol, exhibe una fascinante Tierra
de Siete Colores.
