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Декабрь
2025

Isla Mauricio: un tesoro hindú entre aguas turquesas

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El viento se cuela como un murmullo de película en las extensas plantaciones de caña de azúcar. Entre tallos interminables y hojas espigadas, el zarandeo susurra su origen europeo, cuando en 1598 los colonos holandeses iniciaron su cultivo en este archipiélago frondoso, bañado por el tercer océano más grande del planeta. Es un movimiento relajante y pasajero, como la llovizna suave que refresca el ambiente, durante unos minutos, a primera hora de las mañanas de junio, julio y agosto. No hay que olvidar que nos encontramos en el hemisferio sur, así que los meses que los mauricianos enmarcan en su invierno se nos antojan, a los que vivimos al norte del ecuador, como una estación plácida, ideal para escapar del calor sofocante del estío entre playas de un turquesa inimaginable.

Isla Mauricio es un destino perfecto también en nuestros meses rudos, con el encanto propio de un paraíso perdido en el Índico: una isla del tesoro desconocida que huele a especias, sabe a vainilla y colorea la retina con fotogramas inesperados que se envuelven con saris multicolor, sutiles como el humo del incienso y vibrantes como las flores que adornan las ofrendas de los templos. Estos se levantan en cualquier rincón de la pequeña Mauricio. Sagar Shiv Mandir engalana la isla de Goyave de Chine, en Poste de Flacq (su mercado se convierte en uno de los reclamos para los viajeros) y hasta Grand Bassin, lugar sagrado supuestamente conectado con el río Ganges, acuden más de 300.000 peregrinos descalzos durante el Festival Maha Shivaratri.

El Gran Experimento

La cadencia hindú que sorprende nada más aterrizar, e incluso en el vuelo, no es fruto de la casualidad. En Aapravasi Ghat, situado en el distrito de Port Louis, en la capital, se encuentra la clave narrativa de un movimiento migratorio masivo, cuyo modelo replicaron otras potencias coloniales. En 1834, el gobierno británico escogió Isla Mauricio para llevar a cabo, hasta 1920, lo que podría denominarse una diáspora moderna del trabajo por contrato. Esta mano de obra libre, que ponía fin a las garras de la esclavitud, fue bautizada como el Gran Experimento.

El sitio de 1.640 metros cuadrados, inscrito como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 2006, conserva parte de la calzada original, hojas de registro entre sus vitrinas, retratos congelados en sepia y las 14 escaleras que cerca de medio millón de trabajadores venidos de la India subieron antes de ingresar en el llamado depósito de inmigración, donde se sometían a controles médicos en el bloque hospital, eran vacunados en las pequeñas estancias que aún pueden visitarse y firmaban la documentación que les acreditaba para trabajar en la plantación de caña de azúcar asignada en Isla Mauricio (en la actualidad el bagazo, residuo fibroso de la caña, se utiliza como biocombustible para generar electricidad).

Esta puerta de entrada a la libertad (el esquema se replicó con más de un millón y medio de personas en otras tierras bañadas por el Índico e incluso el Caribe) se encuentra situada frente a la pintoresca plaza de abastos de la urbe, una algarabía de artículos locales, puestos con vistosas frutas, verduras frescas donde no falta el cilantro, puntos de comida callejera a precios irrisorios y alguna que otra delicia en forma de batido de helado que, en Alouda Pillay, despachan desde 1930. An Dali, cuarta generación, vende las botellas de litro a velocidad de vértigo. Cuestan 140 rupias, unos 2,62 euros al cambio, y se devoran en minutos.

Una ventana encantadora

Aunque muchas parejas de recién casados eligen Isla Mauricio para saborear el amor, lo cierto es que es perfecta para disfrutar de un viaje familiar, o con amigos, y para beberla a sorbos: célebre es su ron y el jugo de la caña de azúcar que, paradójicamente, no es tan dulce como se presupone, pero sí sabroso con zumo de limón y jengibre. Este paradigma de convivencia entre hindúes, cristianos y musulmanes es un destino para que todos los públicos se sientan, definitivamente, en la gloria. Solo hay que elegir bien la compañía. Y el hotel, por supuesto, porque de las maravillas naturales se encarga la madre tierra: Le Morne es el refugio natural que cobijaba en tiempos a los esclavos fugitivos (Patrimonio de la Unesco) y las cascadas de Tamarin, el entorno donde encontrar monos, cuyas hembras se pasean con sus crías en el regazo, con el rumor del agua como concierto habitual.

The Residence by Cenizaro tiene la virtud de situar sus refugios en algunos de los destinos más bellos del mundo, así que no sorprende que esta isla frente a Madagascar sea uno de los rincones paradisíacos elegidos. En Isla Mauricio, la filosofía es la misma: el compromiso con las comunidades locales, el mimo para que la experiencia de cada huésped sea inolvidable (imposible obviar la oferta de bienestar llamado The Sanctuary, que acaba de incorporar la marca española Natura Bissé), el ritmo tranquilo y la sostenibilidad «Earth Basket». En The Residence Mauritius, por ejemplo, el huerto anexo abastece parte de la materia prima del restaurante The Plantation, un derroche de influencias indias, europeas y criollas, donde también se imparte una de las numerosas actividades del hotel: una clase magistral para aprender a seleccionar aromáticas y elaborar un curry que, posteriormente, se disfruta frente a un mar cristalino y un lejano arrecife de coral donde rompen las olas. Entre los deportes de agua incluidos en la estancia, se puede navegar a bordo de un «hobie cat», un barco panorámico, un kayak e incluso aventurarse a practicar esnórquel entre peces multicolor. Los hay lilas y amarillos, como el Chaetodon meyeri, y con rayas azulonas, como el tropical Pomacanthus imperator.

La maravillosa sensación de desconexión se despierta nada más atravesar el lobby, donde las filigranas de la arquitectura colonial característica de las antiguas plantaciones de principios de siglo y los centros de flores frescas marcan el inicio del camino que desemboca en alguna de las 28 suites o de sus 135 habitaciones.

La 272 es espaciosa. Elegante. Acogedora y sutil gracias a los postigos de madera, los aromas relajantes de vlang vlang y los tonos beige que deambulan con delicadeza alrededor de la imponente cama con dosel. Tiene una ventana blanca que mira hacia el océano y desde la que casi se puede acariciar una palmera que juguetea a menudo con la brisa. Es la última vista antes de abandonar definitivamente la suite. A veces su imagen llama a la puerta de la memoria en el momento más insospechado. Es entonces cuando la imaginación echa a volar, con una pizca de nostalgia, e imagina cómo habrá amanecido la isla o la expresión de los nuevos huéspedes, venidos de otras partes del mundo, que en ese momento contemplen la ventana. Seguro que saborean la intimidad de perder la mirada entre aguas turquesas y arena perlada. O quizá pasean sus recuerdos entre los colores brillantes de una cata de mermeladas entre panecillos de banano, la guinda de una visita guiada en Plantation Vanille, lugar encantador donde Manisha Chinan desvela los secretos delicados de esta orquídea comestible. Se encuentra en la Villa de St Julien DHotman, cerca del Geoparque de Chamarel, otro lugar único que, bajo el sol, exhibe una fascinante Tierra de Siete Colores.















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