Las Bellas Artes, sí; el toreo, no: el desprecio político se repite en 2025
Por tercer año consecutivo, el Ministerio de Cultura vuelve a dejar fuera al toreo de los reconocimientos que otorga con las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes. La lista de 2025, con treinta y cinco nombres seleccionados por el ministro Ernest Urtasun, no incluye a ninguna figura ni entidad del ámbito taurino, a pesar de su peso histórico, artístico y simbólico dentro del patrimonio cultural español.
El silencio institucional empieza a sonar demasiado fuerte. Mientras se celebran trayectorias en cine, literatura o música —de Alauda Ruiz de Azúa a Luis Tosar, pasando por Christina Rosenvinge, Estrella Morente o Irene Vallejo—, el Gobierno ignora deliberadamente a quienes representan una de las expresiones culturales más singulares del país.
Este olvido no es casual. Es la sexta vez que el planeta taurino queda excluido de estos premios: ocurrió en 2012, 2018, 2021, 2023, 2024 y ahora, en 2025. Lo más reciente que se recuerda es el reconocimiento a la ganadería de Miura en 2022. Desde 1996, solo veintinueve medallas han recaído en profesionales del mundo del toro. La cuenta no engaña: la tauromaquia no está en la agenda del Ministerio.
La contradicción es evidente: se reconoce a artistas que construyen discursos sobre identidad, raíces o tradición, pero se arrincona una práctica que condensa todas esas ideas en un rito vivo, complejo y profundamente nuestro. El toreo no pide privilegios, pero sí respeto. Y este tipo de gestos oficiales evidencian una voluntad política de invisibilizar lo que incomoda.
Lo que está en juego no es solo el nombre de un torero, un ganadero o un aficionado ilustre. Lo que se borra es el lugar que la tauromaquia ocupa en el mapa simbólico de España, dentro y fuera de nuestras fronteras. Las Bellas Artes deberían incluir también al arte de la lidia, con su lenguaje, su ética, su estética y su memoria.
Mientras tanto, el Gobierno mantiene su estrategia: mirar hacia otro lado, como si ignorar al toreo fuera una manera de hacerlo desaparecer. Pero el silencio institucional no mata la cultura. Al contrario: alimenta la resistencia de quienes, desde plazas, campos y tertulias, siguen defendiendo una forma de entender el arte, la vida y la emoción que, guste o no, forma parte esencial de lo que somos.
