«Avatar 3»: los ordenadores (y Cameron) siguen avasallando
Por impactante que pueda parecer, ya han pasado 16 años desde que unas criaturas, por definirlas de alguna manera sin fallar a la premisa, de vistoso color azul salpicaron las carteleras internacionales para finalmente proclamarse como creaciones de la cinta más taquillera de la historia. En todos estos lustros aún seguimos sudando la gota gorda tratando de explicar de qué va exactamente su trama, pero a nuestro favor juega que su prestigio ha creado una ley implícita de que, cuando se escucha la palabra «Avatar», ya no es necesario dar ninguna explicación sobre su sinopsis o cómo es su montaje, aunque muchos de los que protagonizan esas conversaciones no sepan la respuesta.
En 2022 llegó la ansiada secuela de la obra más importante de James Cameron (que Jack y Rose no se enfaden desde su tabla en el Atlántico, por favor) y hoy ya se consuma el tríptico de pericias por el mundo de Pandora. Que los más amantes del 3D no se paralicen, pues la saga más prestigiosa del siglo aún tiene augurado un futuro, ya que una cuarta parte está en el horno y, si todo va como lo previsto entre los marines estadounidenses, la quinta cerrará este mundo que se prolonga más en el tiempo que en sus metrajes. Y, aunque sea por poca distancia, este estreno rompe el récord, ¿no son suficientes ya, James?, de duración: es la más larga de las producidas, contabilizando tres horas y diecisiete minutos. La anterior era cinco más «breve».
Esta tercera tiene como elemento central el fuego, mientras que en su predecesora el predilecto era el agua. Esta nueva introducción responde a la presencia del Pueblo de las Cenizas, los antagonistas de la velada. La sociedad no tiene la mejor de las intenciones, por lo que es el punto de partida para dar lo que siempre promete el filme: un monumental alarde de efectos especiales.
El reparto está protagonizado por los ya míticos Sam Worthington, Zoe Saldaña y Sigourney Weaver. Para la ocasión, se incorpora una nueva participante Na’vi: Oona Chaplin. Y sí, el apellido no es casualidad: es hija de Geraldine y nieta del mismísimo Charles. Dado que la verbalización de su nombre puede causar estragos, ella misma zanja el tema: esa doble «o» se pronuncia como una «u», quedando su identidad en la lengua hablada como «Una», porque, como distendidamente comenta, «dos sería un abuso».
Aunque la sonrisa circunscriba su rostro, en la obra no hace gran acopio de su personalidad risueña. El personaje que interpreta recibe el nombre de Varang, y es la villana de la edición y líder del perturbador nuevo grupo. Sin embargo, su actriz no está tan de acuerdo en ese carácter déspota: «Nunca la vi como villana. Yo siempre la traté como un personaje con mucha integridad y convicción, era importante para mí honrar el trauma y dolor que acarrea». Por ello, más allá de la mirada desafiante de su personaje, considera que con ella aprendió a ser más valiente y confiada en su vida diaria.
Un apellido de estrella
Esa empatía y pacifismo es sello de la artista, que confiesa que vivía en una cabaña en mitad de la selva cubana antes de iniciar el proyecto. Alega que había poco que le hubiera sacado de ese hogar, pero, como ella misma dice, «un casting con James Cameron… me jaló de las trenzas». Para apodar el proceso usa los adjetivos «impactante» e «impresionante». Todo esfuerzo tiene su recompensa, al menos en la teoría, y cuando conoció a Cameron se hizo instantáneamente su amigo, relegando a un segundo plano la condición de jefe. Lo define como «cariñoso» y «juguetón». Por si fuera poca fraternidad, cuando ya las cámaras no grababan mantuvieron conversaciones sobre permacultura, otra de las pasiones de la actriz.
No todos los días se tiene delante a la participante de una superproducción hollywoodiense, set que marearía a cualquier ciudadano por su majestuosidad. Increíblemente, lo que más sorprende de este tipo de blockbusters para Oona es la intimidad que profesan: «Estamos haciendo la producción más cara del mundo y realmente se siente como teatro pobre. Los actores no vemos nada de la tecnología». En el escenario sólo están los intérpretes, permitiendo un estado de concentración que la actriz agradece mucho. Posteriormente les enseñan las tomas, en una visualización con pantalla dividida entre el rodaje «virgen» y el resultado una vez ha pasado por los maestros de la edición. La comparación, como no puede ser menos, deja ojiplática y maravillada a la protagonista: «Me parece magia… negra», ríe.
Ostentar un apellido como Chaplin debe ser, además, todo un reto: «Es una presión que me gusta mucho, porque qué regalo que mi familia haya provocado tanto amor», explica. «Mi madre y abuelo no son gente únicamente admirada, sino también amada», sigue. Este prestigio en sus inicios fue difícil de gestionar, aunque con el tiempo abrazó dicha identidad: «Al principio tenía que reconciliarme con la idea de ser merecedora del legado, pero me di cuenta de que si tengo que pasar por una puerta, más que saber si está abierta o no, importa cómo entras por ella». Por la admiración y honor que profesa por ellos, definitivamente su madre no crio cuervos... Y tampoco le sacaron los ojos.
