Crítica de "Keeper": el bosque de las almas perdidas ★★ 1/2
Tal vez el principal defecto de “Keeper” es confundir el terror elevado con el opaco o el hermético, cuando, en realidad, Osgood Perkins está trabajando con elementos clásicos del género, diríamos que los tópicos de siempre. Una pareja de vacaciones, un fin de semana en medio del bosque, una casa aislada y posiblemente encantada, un novio sospechosamente adorable, un vecino inquietante, unas apariciones que pueden ser espectros o alucinaciones… El prolífico director de “Longlegs” -lleva tres títulos en año y medio- desarrolla ese escenario familiar perturbándolo desde la puesta en escena.
Saca provecho de la cabaña de diseño, con los ventanales abiertos a una naturaleza que encierra al espacio en sus mismos confines, y trufa el relato de rasgos inquietantes -el pastel de bienvenida que hay que comer sí o sí, el comentario extemporáneo de una invitada- que despiertan el interés del aficionado al género. Sin embargo, cuando llegan las explicaciones, son crípticas y prolijas a un tiempo, como si nadie en la película se creyera nada de lo que está contando porque tampoco acaba por entenderlo.
A vueltas con las relaciones tóxicas, la violencia de género, la brujería y la venganza de la sororidad femenina, nos queda, por supuesto, una extraordinaria capacidad para las imágenes macabras y la atmósfera de mal rollo. Perkins mezcla su sensibilidad para el encuadre gélido y desubicado, que lleva practicando desde la notable “Soy la bonita criatura que vive en esta casa”, y el hallazgo siniestro, que aquí conjura en una secuencia espeluznante, un auténtico akelarre pesadillesco que se celebra en el sótano del miedo, y un duelo final que acaba con una dulce, creativa muerte.
Lo mejor:
Sobre todo al final, está plagada de imágenes poderosamente siniestras.
Lo peor:
Es deliberadamente críptica, como si eso le diera un sello extra de calidad.
