Crítica de "Vida privada": las amargas lágrimas de Jodie Foster ★★★
Que Jodie Foster llore en «Vida privada» es algo tan excéntrico como que Greta Garbo esbozara una sonrisa en «Ninotchka». Esa lágrima desbordada, esa patología del llanto sin emoción, deviene un síntoma alarmante en una actriz que siempre está pendiente de controlar el gesto y contener la dimensión afectiva de sus personajes. Así las cosas, en «Vida privada» Rebecca Zlotowski saca jugo de los rasgos severos, adustos, esculpidos en una delgadez aguileña y vigilante, de Foster, que esta convierte en la enfermedad moral de Lilian, una psiquiatra que acaba de perder a una paciente sin entender bien las razones de su suicidio y carga con la responsabilidad que hayan podido tener en él los nueve años que han compartido entre confesiones y divanes.
Entonces la película se transforma en una doble búsqueda. La primera origina una trama detectivesca y paranoica, en la que Lilian, empujada por el encuentro con una enigmática hipnotista, investiga la muerte de Paula (fugaz Virginie Efira) convencida de que es un asesinato. La más hitchcockiana de las derivas argumentales, con citas explícitas a «Recuerda» incluidas, es también la más alleniana (Zlotowski admite la influencia de «Misterioso asesinato en Manhattan» y «Otra mujer»).
Es, sobre todo, la oportunidad para que la química, la complicidad de Foster con un delicioso Daniel Auteuil, aquí interpretando a su exmarido oftalmólogo, haga surgir otra faceta de la actriz, más relajada, más irracional y, por supuesto, más desconocida para el gran público. La segunda búsqueda tiene que ver con lo que Lilian descubre sobre sí misma a partir de esa investigación, que no es otra cosa que el deshielo de su carácter, la comprensión profunda de su desapego familiar, la duda razonable sobre si está ejerciendo su trabajo con el compromiso con el otro que se le supone.
Zlotowski, que tiene en su haber retratos femeninos tan afortunados como el de «Los hijos de otros», a veces no consigue que la película más lúdica e improbable, también la más absurda, se lleve bien con la más existencial, la que pretende ser más profunda. Ese divorcio provoca arritmias en el relato, secuencias poco convincentes –Lilian cantándole las cuarenta a su hijo en una cena familiar– que nos hacen dudar sobre las intenciones de Zlotowski, que parece más cómoda en los pantanos de lo «pulp» que en disquisiciones freudianas.
Lo mejor:
La pareja Foster-Auteuil, metidos a detectives amateur entre cena en bistró y besos
Lo peor:
Cuando se pone más profunda en el ámbito familiar no resulta del todo convincente
