¿Te sientes incómodo/a en las reuniones navideñas? Una psicóloga explica por qué
Para algunas personas, la temporada de Navidad huele a conversación forzada. Comidas familiares con individuos complicados, cenas de empresa con compañeros a los que apenas saludas el resto del año, brindis interminables, preguntas invasivas y ese silencio que cae justo después del comentario inoportuno. Si en estas fechas sientes ganas de desaparecer detrás de una bandeja de canapés, no estás solo.
La clave, dice Alexandra Plakias (investigadora y profesora en Hamilton College), es entender que lo que llamamos momento incómodo no es un fallo tuyo como persona, sino un atasco en la interacción. "La incomodidad aparece cuando en una situación social no tenemos un guion... o lo tenemos, pero no está funcionando", explica. En otras palabras: llegas con una idea de cómo debería desarrollarse la escena y, de pronto, alguien improvisa y te deja sin respuestas.
Las reuniones navideñas son, según la experta, una tormenta perfecta: comida, alcohol, dudas sobre cómo vestir, gente a la que ves poco y, encima, una presión cultural enorme por 'pasarlo bien'.
Por qué el 'small talk' nos agota
Si hay un ingrediente que dispara el rechazo a estos encuentros es la charla superficial. Mucha gente la vive como una pérdida de tiempo, pero Plakias defiende que, bien entendida, cumple una función social básica.
"A veces no es tan importante de qué hablas, sino el hecho de estar conversando", señala. La charla ligera funciona como un puente de bajo riesgo: permite colocarse frente al otro e intercambiar unas frases sin meterse en temas delicados.
El problema es que la conversación también tiene 'normas invisibles' y una de las más difíciles es saber cómo terminarla. Plakias menciona un hallazgo que le persigue: en un estudio, tras hacer conversar a desconocidos, muchas parejas confesaron que ambos habrían querido que acabara antes, pero ninguno lo cortó. La razón, dice, tiene que ver con la incertidumbre y el miedo a parecer descortés: quieres irte, pero no quieres que se note.
Comentarios desafortunados
Luego están los clásicos: el chiste que no era para tanto (pero cae fatal), la pregunta sobre el cuerpo o la comida, el comentario político que deja la mesa congelada. Con la comida, dice Plakias, se mezclan valores y emociones: "Queremos que la comida simbolice muchas cosas diferentes" y cada persona llega con sus reglas, inseguridades o creencias.
Y cuando alguien mete la pata, suele ocurrir algo predecible: alguien asume el trabajo de rescatar el ambiente. Plakias lo describe como una elección con dos caminos: o suavizas lo ocurrido para que el grupo vuelva a estar cómodo, o lo dejas ahí, sin amortiguar, para que se note el desajuste.
Plakias propone otra posibilidad, más incómoda pero a veces útil: tolerar el silencio y permitir que el malestar cumpla una función. Si alguien lanza un comentario ofensivo, no siempre hay que salvarlo con un cambio de tema. A veces dejarlo 'colgado' sirve para que el grupo registre que no todo vale.
