Esperaste cinco horas en la cola para verla; cinco horas es lo que se tarda en llegar al otro lado del mundo, pero tú esa tarde no fuiste al otro lado del mundo, fuiste al otro lado del tiempo. Dónde cruzaste la línea, aún no sabes si fue al pasar ante el azulejo del arco, alumbrado por esos dos faroles verdes que son como los ojos de una mujer que miran a lo infinito; dos faroles que Gustavo Adolfo veía desde la Venta de los Gatos y por ellos sabía dónde empezaba Sevilla. Tal vez la traspasaste al llegar a la verja, cuando tentaste los fríos barrotes que guardan el atrio, donde encerrados quedaron los pasos perdidos de tantos desesperados...
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