Hay un momento que se repite en casi cualquier ciudad un sábado por la mañana. Un campo cualquiera, un pabellón cualquiera, una categoría cualquiera. La grada está medio llena, pero medio mundo se lo pierde: abuelos que no pueden desplazarse, amigos que siguen el resultado a base de mensajes, padres que se conforman con un vídeo tembloroso grabado desde la banda. Y al final del partido, entrenadores con la misma sensación de siempre: “esto habría que revisarlo”.
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