Crítica de "Ariel": los fantasmas de la palabra ★★★ 1/2
En “Viola” y “Hermia y Helena”, el argentino Matías Piñeiro jugaba a malabares con “Noche de reyes” y “El sueño de una noche de verano” para demostrar, cómo no, que [[LINK:TAG|||tag|||633615db5c059a26e23f7b03|||Shakespeare ]]es de todos y está en todas partes, que sus textos se modulan en las calles bonaerenses o neoyorkinas para mesurar las fluctuaciones del amor, y que el cine de la palabra puede oxigenar las estrategias discursivas del teatro isabelino para que no nos quepa ninguna duda de que el Bardo de Avon fue guionista antes que fraile de la comedia yámbica.
El cine de Piñeiro, intensamente abrazado a la interpretación de sus espléndidas actrices, es mucho más accesible de lo que pueda parecer, aunque en España, cosa rara, solo se haya paseado por la marginalidad de las salas festivaleras. Por ello es una gran noticia que su sensibilidad haya unido fuerzas con la de Lois Patiño, por muy lejos que estén, geográfica y conceptualmente. O tal vez las distancias entre opuestos son más cortas de lo que aparentan, como demuestra “Ariel”, de la que es último responsable el cineasta gallego después de que Piñeiro no pudiera rodar con él por problemas de fechas.
Si el autor de “Costa da Morte” y “Samsara” ha cultivado su imaginario visual desde la invocación de la espectralidad de los paisajes gallegos y de los que lo habitan, facturando un cine sinestésico, poético y sonámbulo, ahora se cruza con el universo de Piñeiro para imaginar una burbuja de teatro, en la que una actriz dispuesta a representar “La tempestad” shakesperiana pilla a los habitantes de una isla de las Azores condenados a representarla eternamente. Esa Ariel en potencia (Agustina Muñoz, habitual de la ‘troupe’ de Piñeiro) se cruza con una Ariel en acto (Irene Escolar), de modo que lo virtual y lo actual coinciden en una imagen especular donde la realidad y su reflejo intercambian impresiones, luces y sombras.
En su proyecto metanarrativo, “Ariel” delata los mecanismos de la ficción; enseña infinitos modos de declamar a Shakespeare borrando las diferencias entre lo "amateur" y lo profesional; invoca la deuda que su obra tiene con los paisajes de lo fantástico pero también de lo aventurero. Y, sin embargo, a veces a la película le cuesta desprenderse de su halo tentativo, como si dudara demasiado de sí misma y a la vez estuviera en exceso programada como experimento, una película-probeta. Es hermoso cómo la palabra se transforma en contacto con la naturaleza, y cómo la película se plantea como un viaje que cuestiona la identidad del texto a través de sus fricciones performáticas, pero el resultado es acaso un tanto frío, como si Patiño no acabara de sentirse cómodo fuera de su zona de confort.
Lo mejor:
El encuentro entre el cine de los paisajes y fantasmas de Patino y el cine de la palabra de Piñeiro.
Lo peor:
Es fácil percibirlo como un experimento de laboratorio, de mírame y no me toques.
