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Декабрь
2025

El primer villancico transmitido desde el espacio

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Ya estamos en Navidad, lo indican lo anuncios de la tele que llevan meses anunciando perfumes sofisticados y el encendido navideño y una banda sonora original que se repite cada año, los villancicos. La palabra villancico nos remite etimológicamente a villano, habitante de la villa, y a composición musical de carácter popular que según la RAE puede ser de carácter religioso o profano interpretado durante las fiestas de año nuevo, desde el principio del Adviento hasta después del 6 de enero. Originalmente estos canticos de carácter popular tenían temáticas profanas, relativas al amor, al buen gobierno, rememoración de hechos históricos, cantándose sin acompañamiento musical, introduciéndose en el Renacimiento la temática de carácter religioso en las letras como una forma de llevar la palabra de Dios al pueblo de manera lúdica.

Nada tenían que ver estas letras con los himnos litúrgicos, composiciones en verso latino que se cantan repitiendo una misma melodía y que forman parte integral de la liturgia cristiana, utilizados en los monasterios durante la Tardoantigüedad y la Edad Media. Algunos de ellos fueron compuestos específicamente para los servicios litúrgicos navideños como el «Veni redemptor gentium» atribuido a San Ambrosio de Milán (340-397) quien organiza la música latina tardoantigua, o el «Jesus refulsit omium», del año 469, de Hilario de Poitiers. En los siglos IX y X se origina una forma nueva de canto litúrgico, la secuencia, himno litúrgico del rito romano que sustituía a los cantos particulares de las liturgias propias. Un monje de la abadía benedictina de Saint Gall, Notker Labeo (950-1022) escribió una secuencia, «Natus ante secula Dei Filius», que tuvo gran importancia en los monasterios benedictinos. La reforma cisterciense tuvo sus propios himnos llegando el mismo Bernardo de Claraval a escribir un himno para la Natividad «Laetabundus exultet fidelis chrorus», con estrofas rimadas que aún encontramos en las recopilaciones de canto gregoriano. Si bien estos cantos son conocidos en nuestros días a través de recopilaciones de música culta lo cierto es que no trascendieron los muros de los monasterios.

Para hacer al pueblo participe de los misterios se crean en España los Autos, dramas litúrgicos que representan los misterios, como el «Auto de los Reyes Magos» escrito en versos alejandrinos, eneasílabos y heptasílabos para ser representado en un escenario con vario niveles donde se irían colocando los actores. El texto incompleto se conoce gracias a un códice de la Biblioteca del Cabildo catedralicio de Toledo que actualmente se conserva en a Biblioteca Nacional. Con la influencia de san Francisco de Asís y la necesidad de visualizar los misterios de Cristo en la predicación se generan canciones populares en lenguas vernáculas de cada región. En Castilla las «Cantigas de Alfonso X» aunque no son villancicos estrictamente muestran de una forma métrica y musical los milagros de la Virgen. En primer villancico religioso conservado en Castilla es el del siglo XV escrito en Toledo por un autor anónimo, «Bien vengades, pastores», narrando el episodio en el que los pastores de Belén anuncian el nacimiento de Cristo. Este tipo de composiciones tuvo un gran éxito y muchas letras fueron musicalizadas por los grandes compositores del momento como Juan del Encina (1468-1530), poeta y autor teatral de renacimiento español quien compone villancicos de temática profana y religiosa. Gran parte de estas composiciones fueron recogidas en volúmenes antológicos como los cancioneros, entre los que destacan: el Cancionero de Palacio, el de Linares, el de Medinaceli o el Cancionero de Upsala, publicado en Venecia por Jerónimo Scotto en el año 1556 que recoge villancicos polifónicos a tres o cinco voces.

Sofisticación

A lo largo de los siglos XVII y XVIII los villancicos alcanzaron gran sofisticación musical y en el siglo XIX se fueron fundiendo con otros géneros como la tonadilla o la zarzuela. La mayor parte de los villancicos que conocemos son anónimos de finales del XIX y principios del XX existiendo especialidades regionales ibéricas, desde el «Santa Nit» de Cataluña o «Los pastores» de Extremadura. Muchas de las letras más famosas son traducciones de canciones navideñas europeas, como «El tamborilero», adaptación de un manuscrito checo antiguo puesto de moda por la pianista Katherne Kennicot David y famosa en español gracias a Raphael. Otros como el internacionalmente conocido en castellano como «Dulce Navidad», no es más que la traducción de «One horse Open Sleigh» un villancico estadounidense escrito por James Lord Pierpont en 1857 relanzado dos años más tarde como «Jingle Bells». Esta canción fue grabada por grandes figuras desde Sinatra a Duke Ellington pasando por Luciano Pavarotti o Carreras en diferentes idiomas. En diciembre de 1965 los astronautas Tom Stamford y Walter M. Schirra gastaron una broma de Navidad enviando un mensaje a la estación de control: «Tenemos un objeto, parece un satélite yendo de norte a sur, probablemente en órbita polar …de frente veo un módulo de mando y ocho módulos más pequeños. El piloto del módulo central lleva un traje rojo», haciendo alusión a Santa Claus. Luego, cogieron una armónica y unos cascabeles y tocaron «Jingle Bells», convirtiéndose en el primer villancico que se transmitió desde el espacio.















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