«Es mi deber: no quiero ser cómplice». Con esta expresión Zola encabeza un párrafo de su alegato '¡J'acusse …!' en favor de la inocencia del capitán Dreyfus, víctima del antisemitismo de la época. La carta del dramaturgo era una declaración desinteresada en beneficio de la verdad y la justicia, un ejercicio de libertad plenipotenciaria, asumiendo que su publicación le acarrearía un enorme coste personal, como así fue. Podría parecer que el '¡J'accuse …!', con su cariz moral, ha podido inspirar el goteo por aspersión de denuncias por acoso sexual en las oficinas del PSOE. Nada más lejos de la realidad. La sicalipsis de la que ahora todos se avergüenzan evidencia una hipocresía. El infinito feminista del socialismo español en un junco solitario a merced de la tempestad. Sería un ejercicio baladí enumerar todos los casos conocidos en las últimas semanas. Como sería de todo punto sectario pensar que solo el PSOE alberga entre sus cuadros a varones lúbricos, algo así como faunos hambrientos en una mitológica menor como es la política española. Transformando una reconocible frase de Rufián a cuenta de la corrupción, «no nos hagan escoger entre puteros acosadores cutres y puteros 'premium'». Cierto es, en cambio, que, para una sociedad ahíta de morbo, los socialistas de nuestro 'Trópico de cáncer' español podrían ser actores de reparto en una película rijosa del tardofranquismo. Es más, tengo para mí que Ábalos ha transmutado físicamente en Torbe y Salazar, en el señor Barragán. Ahora bien, para llegar a esta 'pornocracia' terminal han ocurrido muchas cosas y ninguna buena. La primera es la mediocridad política, donde cualquier iletrado salaz puede hacer carrera orgánica en su partido. Además, declararse feminista mientras acosas por la mañana a una compañera o cierras una cita en un burdel no es cinismo, porque para ser cínico se presume inteligencia, sino indecencia en grado superlativo. La segunda consideración parte del hecho de que puede resultar incomprensible la mudez militante a lo largo de estos años. Porque son corderos y ovejas de un rebaño adoctrinado bajo la 'omertá' socialista . Sin ningún rubor ético, callan porque el escaño, el puesto de concejal o cualquier otra regalía les va en ello. La complicidad, en este caso, no entiende de sexo. Los hostigadores sexuales han sido hombres, pero los encubridores, por acción u omisión, han sido hombres y mujeres. Las mismas que, cualquier 8M, clamaban por la abolición de la prostitución en compañía de Begoña Gómez, la hija de Sabiniano. Una tercera cuestión afecta al hecho de que las denuncias se sucedan como una lluvia de San Lorenzo. Para los que tienen memoria reciente, este verano fue el de 'Los sin título', donde el que más o el que menos quedó retratado como un mentiroso curricular. Fue aparecer un caso y otros replicaron en cadena. Aquí y ahora, fue descubrirse el caso Salazar para que, como cerezas, apareciesen otros promiscuos socialistas. Es verdad que cuando se rompe el cordón del miedo, y es importante hacerlo, se precipitan las denuncias. Pero es incomprensible que ese cordón lo hubiesen tejido las mismas que hicieron del feminismo un bastión hegemónico y excluyente. Ese feminismo narcisista se ha hecho trizas. Quedarán quienes mantengan el discurso de que el socialismo español fue pionero en la igualdad, por mucho que una parte de ellos votase en contra del sufragio femenino en 1931, o por mucho que otros, como Negrín, disfrutasen en París de mujeres contratadas por el mismo Stalin. O milicianos socialistas durante la Guerra Civil, a quienes se les ofrecían vales a canjear en lupanares. En cambio, nada que objetar a las mujeres que durante los últimos años del franquismo dieron un paso adelante para precipitar un cambio en favor de la igualdad real. Sánchez las traicionó y no midió el efecto de esa traición. Porque cuando cayó en brazos de Podemos enterró el feminismo ortodoxo de las socialistas históricas. Las feministas tradicionales fueron replegándose, esperando su momento para reivindicarse. Peor fueron las socialistas de nueva hornada, que decían ser sucesoras del feminismo tradicional. Por servidumbre y por mediocridad, compraron el discurso de Podemos, traicionando también a sus compañeras. Ahora las antiguas acusan, pero llegan tarde. Su deber, para no ser cómplices, como decía Zola, era haberlo hecho antes. Demasiado tarde para todas.