Malas noticias para Sánchez: 2026 amenaza con ser peor que 2025
2025 no ha sido un buen año para Pedro Sánchez. La lista de hechos que sirven para sostener esta afirmación está bien nutrida: Santos Cerdán y José Luis Ábalos, que fueron su mano derecha, han ingresado en prisión; al partido y al Gobierno le han saltado numerosos casos de corrupción que van desde Ferraz, sede que ha registrado la UCO, hasta la Sepi; su familia está cercada por lo mismo; ha perdido todo tipo de apoyos en el Congreso y cada iniciativa implica un esfuerzo mastodóntico que ni siquiera sirve para garantizar una victoria, no tiene presupuestos, sus socios de izquierda ya se están hartando de la inacción, ha desatado una crisis interna en el PSOE por su incapacidad para abordar los presuntos (y numerosos) casos de acoso sexual y, por si todo lo anterior no bastara, ha sufrido la primera de un amplio rosario de derrotas electorales.
Lo más probable es que el presidente del Gobierno esté deseando pasar página de este 2025 cuanto antes. Al menos en su equipo lo están, según reconocen. El problema, sin embargo, es que 2026 amenaza con ser igual de complejo o peor, si cabe. No hay brotes verdes a la vista, sí múltiples frentes que pueden acabar suponiendo la puntilla.
Uno de los principales objetivos a corto plazo de Sánchez y del Gobierno es el de intentar reconducir la situación en el Congreso. La vicepresidenta primera, María Jesús Montero, asegura que está trabajando en los presupuestos y que está negociando con los distintos grupos parlamentarios. Aunque Montero no lo ha verbalizado, fuentes de Moncloa estiman que su intención es llevar las cuentas generales a la Cámara Baja a principios de 2026.
De manera paralela, el PSOE y Junts siguen manteniendo un filo hilo de comunicación que en el Gobierno esperan que sirva para restablecer las negociaciones con los de Carles Puigdemont. Entre otras cuestiones, buscan que les respalden las cuentas. Sin embargo, este es un horizonte prácticamente imposible, porque Junts ya ha asegurado en múltiples ocasiones que no habrá presupuestos y que los requisitos para volver a sentarse con los socialistas es que cumplan lo pactado. Pero mucho de lo pactado, sencillamente, no depende de los socialistas. De hecho, dos de las peticiones insignia, el catalán en la Unión Europea y la cesión de las competencias migratorias, están especialmente atascadas por la negativa de otros países europeos, en el primer caso, y de Podemos, en el segundo.
Aunque sin el apoyo de Junts ya se puede dar por descartado que vaya a haber presupuestos, hay otros socios que se han sumado a las exigencias de que el Gobierno cumpla lo pactado. Son ERC y el PNV, y ambos están aumentando mucho la presión sobre Sánchez al entender que no pueden sostener al Gobierno en el Congreso si no pueden reportar beneficios palpables en sus territorios. Esto traerá cola para Sánchez en 2026.
También lo hará la complicada situación que afrontan sus socios de izquierdas. Cada vez están más hartos de tener que tragarse titulares sobre corrupción y acoso sexual y están demandando al PSOE que se active. Por un lado, le piden medidas contra dicha corrupción y, por otro, que se aprueben más medidas sociales.
El PSOE, de momento, no parece por la labor de llevar a cabo esas iniciativas que supongan cierta autocrítica y los socios van a presionar en cuestiones como, por ejemplo, la crisis de la vivienda. Muchos creen que el Ejecutivo no está sabiendo atajar algunos de los principales problemas a los que se enfrentan los españoles y todo ello está provocando que se distancien mucho del PSOE. Una presión demasiado elevada en ese tipo de cuestiones puede acabar poniendo en duda el discurso triunfalista económico que intenta mantener el Gobierno como única salida a las múltiples crisis que afronta. Es un discurso que ya hacía aguas antes de las Navidades y que será muy criticado en 2026, especialmente en los procesos electorales que vienen.
Y ahí, en las elecciones, asoma otro de los principales problemas que va a tener el presidente en 2026. El PP ha diseñado una estrategia de goteo de derrotas electorales que va a pasar factura al presidente: el 8 de febrero serán las de Aragón, el 15 de marzo las de Castilla y León y, en junio pero en un día todavía por definir, las de Andalucía. Lo previsible es que el PSOE no solo pierda, sino que empeore sus resultados, igual que sucedió con Extremadura, donde los socialistas obtuvieron su peor resultado histórico, a pesar de que María Guardiola sólo pudo ganar un escaño.
La única esperanza para Sánchez es que la dependencia del PP de Vox pueda servir para movilizar a los posibles votantes que ahora mismo apuestan por la abstención. Sin embargo, una mayoría absoluta en Andalucía sería un duro golpe del que sería muy difícil recuperarse.
Por último, tiene otro frente complicado: el partido. Las derrotas electorales servirán para terminar de cuestionar ya su liderazgo a nivel interno. El exministro Jordi Sevilla, que formó parte del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, ya ha anunciado su intención de construir una alternativa para diputar el liderazgo de Sánchez en unas primarias. Aunque todavía es difícil saber qué impacto real tendrá, lo cierto es que el presidente del Gobierno ha ido dejando atrás muchos cadáveres políticos que desean volver a tener una nueva oportunidad y hay sectores, como el de las feministas, completamente soliviantados y ansiosos de que se produzca un cambio en el PSOE. Además, Sánchez no ha sido capaz de cerrar del todo la crisis abierta por los casos de presunto acoso sexual cometido por varios cargos internos, lo que seguirá poniendo a prueba las costuras del PSOE.
Todos estos elementos dibujan un 2026 de difícil salida, sin incluir que la realidad es dada a ofrecer sorpresas, no buenas, al PSOE.
