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Декабрь
2025

Año de la Resiliencia

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EL 2025 debería nombrarse Año de la Resiliencia. Sucesos predecibles (o no) sacaron con fuerza de lo más profundo del pueblo de Cuba esa capacidad humana de sobreponerse ante las adversidades. Y no solo levantarse y sacudirse, sino adaptar contextos, incluso los inimaginados, y convertirlos en nuevas realidades de vida.

Ha sido prácticamente así durante los últimos 12 meses a lo largo y ancho del país. Aunque, si se mira por el retrovisor más ancho, esta nación ha dejado la piel en una lucha histórica por no poner rodilla en tierra ante tantos tropiezos, muchos llegados desde fuera, otros cosechados adentro.

Recapitular uno por uno los hechos que han marcado nuestra resiliencia durante este 2025 sería desafiar la objetividad periodística: la mayoría nos ha estremecido con fuerza telúrica, desde la Punta de Maisí hasta el Cabo de San Antonio.

Sobrevivir a los precios estratosféricos—tanto de productos vitales como aquellos que pudieran parecer lujo, pero que sazonan la vida, como tomarse un café o ir a un centro recreativo— es una batalla que se gana gracias a muchos malabares. En cada hogar se pone en práctica una estrategia propia. Cada quien se adapta y acomoda, no como quiere, sino como puede, según sus ingresos; la mayoría, sobre todo los que viven de un salario, en franco desafío para poner un plato a la mesa, vestir y pagar medicamentos.

A pesar de los muchos intentos, la práctica ha demostrado que han sido insuficientes e ineficientes las estrategias de cada territorio para acorralar los precios abusivos: continúan las estafas en las pesas, el dólar y el euro en su cachumbambé, las producciones nacionales cada vez más deprimidas, escasez de casi todo y el depender de quienes revenden como única opción para obtener cualquier producto.

Un contexto mucho más complejo cuando casi todo el país permanece a oscuras. Horarios de trabajo han debido adaptarse, si es posible, para echar adelante resultados. Los olores del carbón y la leña pudieran parecer añadidos ideales a degustar a los paladares, pero no. La situación se ha impuesto a fuerza. Así se cocina en tiempos de un gas licuado a cuentagotas, o menos llegaría el plato a la mesa.

Incluso, las muchas horas frente a hornillas improvisadas han duplicado los dolores provocados por las arbovirosis, que tienen sin aliento al país. El primer grito lo dio Matanzas, y de ahí hacia acá, no hay rincón en que su gente haya escapado a las altas fiebres y la casi inmovilidad en miembros inferiores y superiores. Basta con salir a colas, centros de trabajo o espacios públicos para creer que se baila el legendario Thriller de Michael Jackson.

Aunque ahora avanza la higienización en barrios y comunidades con el concurso de todos, y se fumiga, la indisciplina social, la dejadez, el abandono y la chapucería pululan desde hace varios años. Arrojar la basura fuera de los vertederos, el agua que corre por salideros históricos, la inestabilidad en la recogida de los desechos ya puede subir al podio de lo «natural», lo común…

Pero, en medio de todo ello, no han dejado de germinar las ganas de empujar a este archipiélago, de extender las manos solidarias a quienes más lo necesitan. Bastó que Melissa mordiera un fragmento del oriente para que llegaran hasta allá contingentes de especialistas de diferentes sectores y personas comunes para entregar lo mucho y lo poco.

Allí también la resiliencia ha sido el mejor sostén, porque bastó que el fenómeno meteorológico se alejara para concientizar que nada sería igual. Pasadas las tristezas y desesperanzas tras el horror de las primeras horas, en cada pedacito de tierra se levantó toda su gente, la misma que no olvidará este 2025. 

Y lo hacemos también en el resto de la nación porque hemos aprendido
—aprendemos cada día— que ninguna fuerza demoledora nos impedirá decir: «¡Estamos bien porque estamos vivos!».















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