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Декабрь
2025

Un ataque contra una base de la ONU en Ituri deja herido a un casco azul y agrava la crisis en el este del Congo

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Satanás tiene un asiento reservado en su reino para cuando Thomas Lubanga llame a la puerta. Los más jóvenes pueden desconocer de quién se trata, incluso los más mayores, pero este nombre pertenece a uno de los señores de la guerra más importantes de la Segunda Guerra del Congo (1998-2003), cuando fundó la Unión de Patriotas Congoleños (UPC). Y su objetivo entonces era claro: asentar la dominancia de la comunidad hema en la provincia Ituri y, como resultado directo de esto, dominar él mismo la provincia de Ituri.

Sus crímenes por aquellos años fueron los de un villano de película. De los que son despreciados por el espectador. Psicólogo de formación, a los niños que reclutaba les entregaba un fusil para convertirlos en asesinos; a las niñas las utilizaban él y sus hombres como esclavas sexuales. A sus víctimas, en su mayoría pertenecientes a la etnia lendu, las perseguía, las mutilaba, las asesinaba a la manera de quien experimenta placer con la maldad. Y cuando la guerra terminó y Lubanga se encontraba en la capital congoleña para negociar la integración de sus milicias en el ejército regular, cuando parecía que su sed quedaría saciada, todavía orquestó un ataque despiadado contra las fuerzas de Naciones Unidas que culminó con la muerte de nueve cascos azules bangladeshíes.

La indignación que provocó este último episodio en la comunidad internacional hizo que el gobierno congoleño no tuviera otra opción que arrestarlo y, pocos meses después, entregarlo a la Corte Penal Internacional para convertirlo en la primera persona en la Historia que ha sido juzgada (y condenada) por el tribunal de La Haya. Por extraño que parezca, solo fue condenado a catorce años de cárcel. Y salió libre en 2020.

Un nuevo ejército para Lubanga

La situación entre los hema y los lendu seguía siendo grave tras su salida de prisión. Tanto, que el gobierno liderado por Félix Tshisekedi envió a Lubanga a Ituri en un intento desesperado por pacificar la provincia. Con la mala suerte de que la milicia lendu conocida como CODECO le secuestró en 2022. El secuestro apenas duró 63 días, pero Lubanga consideró que su captura se debía a una “traición” del gobierno congoleño y juró venganza, y fue en abril de 2025 cuando anunció desde Uganda la creación de un nuevo grupo armado bajo su mando: la Convención para la Revolución del Pueblo (CRP).

Reclutar fieles no le fue difícil. Hace años que la CODECO masacra de forma sistemática a las comunidades hema de Ituri por medio de ataques a poblaciones civiles donde la violencia compite con la del propio Lubanga en sus primeros años. Se tiene registro de mujeres asesinadas en los campos. Niños quemados vivos dentro de sus casas. Hombres inocentes secuestrados y decapitados sin otra justificación que su origen étnico. Así, el señor de la guerra atrajo a su lado a combatientes de las distintas milicias hema de la región, hasta ahora desperdigadas, con un doble objetivo (otra vez): masacrar a los lendu… y controlar Ituri.

La historia se repite, sólo que esta vez trae un añadido. Que Lubanga piensa que el ejército congoleño es cómplice de la CODECO o, en cualquier caso, incapaz de garantizar la seguridad de su pueblo. Es por esto por lo que las acciones del líder de la CRP no se limitan a combatir a la CODECO, sino que también centra sus ataques en expulsar a las fuerzas del gobierno congoleño de la provincia que desea dominar.

Durante los meses de agosto y septiembre de 2025, el CRP ejecutó la toma del paso estratégico de Iga Barrière, logrando desarticular el principal nodo de suministros de la Ruta Nacional 27 y aislando de facto la capital provincial, Bunia. La maniobra fue seguida en octubre por el asalto a la base militar de Lopa, donde la milicia empleó drones de vigilancia y fuego de mortero para forzar el repliegue de las unidades de infantería de las FARDC, capturando en su huida un importante arsenal de fusilería y munición pesada.

A estas acciones se suma la instauración de una red de aduanas ilegales y puestos de control en el eje Bunia-Mahagi. Mediante los cuales el grupo de Lubanga no solo intercepta convoyes de avituallamiento militar, sino que ha logrado monopolizar el flujo de los yacimientos mineros de oro en las colinas de Djugu, reinvirtiendo esos recursos en una capacidad de fuego que hoy rivaliza con la del propio Estado.

Para más inri, y considerando la difícil situación del este congoleño por la supremacía del M23 (que capturó en enero de 2025 Goma, la capital de Kivu Norte, y Bukavu, la capital de Kivu Sur), muchos analistas consideran que Lubanga ha aprovechado el caos para forjar una peligrosa alianza con este grupo rebelde respaldado por Ruanda. El CRP ha encontrado su hueco en la anarquía congoleña. Y fue este 30 de diciembre cuando un nuevo acontecimiento devolvió al grupo a los titulares.

Lubanga vuelve a atacar a Naciones Unidas

El acontecimiento en cuestión se trata de un asalto que se produjo en la localidad de Bayoo, donde los milicianos del CRP hostigaron una base de la MONUSCO bajo la premisa de que los cascos azules servían de escudo a efectivos de las FARDC que huían de un enfrentamiento previo. En medio del caos y del intercambio de disparos, un soldado del contingente de Bangladesh resultó herido por impacto de bala… evocando los fantasmas de la masacre de Kafe en 2005.

La acción no solo buscaba castigar la supuesta protección de la ONU a las fuerzas gubernamentales, sino también forzar el repliegue de la misión internacional de una zona clave para el control de los yacimientos mineros circundantes, dejando a miles de desplazados internos a merced de una nueva ola de terror bajo el sello de Lubanga. En este contexto, se ha confirmado que 28 civiles, entre ellos 9 niños y 7 mujeres, lograron romper el cordón de seguridad y entrar en las instalaciones de la ONU para evitar ser ejecutados o alcanzados por las balas perdidas.

Mientras, en el exterior, el pánico provocó una huida masiva: miles de personas que ya vivían en condiciones infrahumanas en Bayoo han tenido que abandonar sus precarias chozas para internarse en el bosque y escapar de la violencia.

Este es el enésimo episodio de violencia en el este de República Democrática del Congo, liderado por un fantasma del pasado. Un capítulo añadido al dolor que amenaza con reorganizar el equilibrio de poderes en la región. Mientras Donald Trump reunió este mes de diciembre a los presidentes de RDC y de Ruanda para firmar una paz (ficticia, dado que los combates prosiguen) que frene el avance del M23, un nuevo grupo surge entre la espesura dispuesto a buscar el hueco que todos ansían en esta esquina del mundo: el del control de los recursos, el dominio sobre la tierra y el asesinato de quienes no cumplen los requisitos para ser tratados como seres humanos.















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