Corría el otoño de 1862 cuando un viajero de porte distinguido y mirada curiosa, ya consagrado en las letras europeas, llegó a Málaga buscando la luz del sur. Era Hans Christian Andersen. El célebre autor de «El Patito Feo» o «La Sirenita» , que contaba entonces con 57 años, arribó a la ciudad el 4 de septiembre de aquel año acompañado del joven Jonas Collin, en un periplo que le llevaría a recorrer buena parte de la geografía nacional, desde Barcelona hasta Cádiz, pasando por Madrid o Granada. Sin embargo, fue en la capital de la Costa del Sol donde el escritor danés encontró un refugio espiritual y físico que le marcaría profundamente, hasta el punto de dejar escrita una sentencia que hoy resuena como el mejor eslogan turístico que la ciudad podría desear: «En ninguna otra ciudad española he llegado a sentirme tan dichoso y tan a gusto como en Málaga ». Esta declaración de amor incondicional no cayó en saco roto. La ciudad, que ha sabido honrar su memoria y mantener viva la vinculación con el literato, cuenta hoy con un homenaje permanente en uno de sus enclaves más neurálgicos. Justo en la acera que linda con la Plaza de la Marina, a escasos pasos de la entrada al Puerto y de la Alameda Principal, una escultura en bronce a tamaño natural recuerda la visita de Andersen. La obra, inaugurada el 14 de junio de 2005, es creación del escultor malagueño José María Córdoba. Fue un encargo directo de la Casa Real Danesa , un gesto que subraya los lazos diplomáticos y culturales que unen a la institución nórdica con Málaga. El monumento representa al escritor sentado en un banco de metal, en una actitud relajada y afable, ataviado con su característico sombrero de copa y pajarita. A su lado, Córdoba dejó deliberadamente un espacio libre, una invitación muda para que malagueños y turistas se sienten junto al genio de las letras, se tomen una fotografía y compartan, aunque sea por un instante, la vista que tanto le cautivó. Como detalle entrañable, de su maletín de viaje asoma la cabeza de un pequeño pato , un guiño sutil a uno de sus cuentos más universales. Para comprender la magnitud del afecto que Andersen profesó por Málaga, es necesario remitirse a sus propias palabras recogidas en el libro «Viaje por España», publicado en 1863. Durante su estancia de aproximadamente quince días en octubre de 1862, el escritor se alojó en la Fonda de Oriente. Este establecimiento, situado en la Alameda Principal , hoy correspondiente al número 8, era por aquel entonces uno de los hoteles más modernos y cosmopolitas de la urbe, un lugar donde el francés y el alemán se escuchaban con tanta frecuencia como el español, reflejo de una Málaga burguesa y comercial abierta al mundo. Desde el balcón de su habitación, Andersen describió con fascinación el vibrante teatro de la vida malagueña . Ha narrado en sus crónicas el incesante ir y venir de beduinos y judíos norteafricanos, de campesinos locales y damas con mantilla, todo ello bajo el ritmo de una ciudad que miraba al mar. El autor detalló cómo, al caer la tarde, una banda de música interpretaba fragmentos de Norma de Bellini, creando una atmósfera que mezclaba lo popular con lo refinado. Fue esa combinación de luz mediterránea, clima benévolo y ambiente cosmopolita lo que conquistó al danés. Andersen, conocido por su carácter a menudo melancólico e hipocondríaco, experimentó en Málaga una inusual sensación de bienestar físico y anímico . La acogida que recibió en la Fonda de Oriente, donde aseguró que le trataron «como a un viejo amigo» tras su regreso de Granada, terminó por sellar su idilio con la ciudad . Más allá de la escultura de la Plaza de la Marina, el rastro de Andersen sigue vigente en el callejero. En la entrada del edificio que hoy ocupa el solar de la antigua Fonda de Oriente, un mosaico de cerámica donado por la colonia danesa en 1987 reproduce la famosa cita sobre su felicidad en Málaga. Asimismo, el Cementerio Inglés, el camposanto protestante más antiguo de la península y lugar que Andersen visitó y describió con admiración, sigue utilizando hoy los textos del danés como uno de sus grandes reclamos históricos. La Málaga actual, convertida en un referente cultural y turístico de primer orden gracias a una gestión que ha sabido poner en valor su patrimonio, sigue siendo esa ciudad de luz y acogida que enamoró al escritor hace más de un siglo y medio. La escultura de José María Córdoba permanece allí, observando la Alameda, como testigo de bronce de que, efectivamente, en ningún otro lugar se respira la dicha como en Málaga.