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Oriol Pla se revuelve ante la voracidad de la sociedad del banquete

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El de Oriol Pla es uno de los nombres interpretativos del momento. Lo suyo no es «flor de un día», que diría el tópico, sino ese trabajo de hormiguita de ir día a día, poco a poco, durante años. Una herencia transmitida directamente en el ADN que se forjó desde muy pequeño en la mismísima calle. Allí, cuando apenas levantaba un palmo del suelo, su padre Quimet Pla le dirigía junto a su hermana Diana y la complicidad de su madre, Núria Solina. Si bien es cierto que su protagonismo en «Yo, adicto» (Disney+), donde recreaba las miserias pasadas de Javier Giner, le catapultaron a la fama del público general (más todavía después de recoger en noviembre el Emmy Internacional a mejor actor), los nombres que le han dirigido a lo largo de su carrera dan fe de quién es este hombre: Mariano Barroso, Agustí Villaronga, Àlex Rigola, Cesc Gay... Y es que el bueno de Oriol es una realidad desde hace ya una década.

Con «Travy», estrenada en 2018 y producida por el Lliure, hizo las delicias del público madrileño (La Abadía) la temporada pasada hasta el punto de que el teatro que dirige Juan Mayorga se ha visto «obligado» a volver a programarla en 2026 (del 30 de abril al 24 de mayo). Entre otros, su paso por la compañía circense Baró d’Evel («Falaise») también dejó huella: basta con acercarse al documental que cuenta el proceso de creación de «Qui som?» (recientemente presentada en Matadero y en el Lliure), donde el equipo queda arrasado cuando Pla deja el proyecto a mitad del camino para centrarse en otros proyectos.

Clown , música, mimo, acrobacia, danza, circo, escritura teatral... Todo esto (y más) se da cita en la figura de un hombre que, del mismo modo que es un peso pesado de la industria, tiene un «escudero» (un colega) de lujo: Pau Matas Nogué. Igual que Don Quijote no sería nada sin Sancho (o al menos no hubiera sido esa figura planetaria), o Jordan sin Pippen, o Isabel sin Fernando; el Oriol Pla de hoy solo se entiende al lado de su amigo Pau. Juntos se patearon la Costa Brava con 17 años al ritmo de sus guitarras y juntos siguen quince años más tarde. «De primeras, lo nuestro fue una conexión más musical y luego ya Oriol me fue arrastrando al teatro», confiesa Matas.

Ya firmaron a cuatro manos el texto de «Travy» y vuelven a compartir creación y dirección en «Gula / Gola», estrenada en el Temporada Alta de 2024 y programada en el CDN de Madrid del 9 de enero al 15 de febrero de 2026. Un montaje de estos «compañeros de viaje», apuntan, que nace de «la necesidad de poner énfasis en aquello que nos corrompe». Para el tándem, vivimos en una sociedad que no confía ni en el poder, ni en los bancos y gobiernos que lo gestionan: «De puertas afuera, todo el mundo dice que actúa de la mejor manera, nadie asume errores, pero el vicio y la avaricia se cuelan por todas partes». Pla y Matas encuentran un mundo «cada vez más desigual» en el que la gula termina «engulléndolo todo. Parece que nada ni nadie pueda detenerse», firman en el programa de mano.

Ni drogas ni tabaco: maldito móvil

Los creadores miran a su alrededor y ven un consumo compulsivo. Pero no solo son transacciones económicas, sino también emocionales: «Es una glotonería vital», subraya Pla. Su personaje, solo en escena, es «víctima de esta sociedad del banquete», asume. «Quiere ser visto y amado por todo el mundo –continúa el actor–. Encarna esa necesidad de ser aceptado, de ser valioso, de tener permiso para hacer lo que le apetece... Está enganchado a esa rueda dopamínica que no tiene fin». Señalan a las redes como uno de los portales principales de esa «Gula»: «Nos perturban, nos hacen testigos del goce de los otros».

Ambos intentan salirse en su vida real de ese círculo infinito, pero no pueden. «Estamos jodidos con el móvil. Ni drogas, ni tabaco, ni nada de eso: ese es nuestro agujero negro», asume Matas. Pla, por su parte, también reconoce que decir que ese «enganche» es por cosas del trabajo o para hablar con los familiares son «solo excusas» de mal pagador.

Pero en el fondo de «Gula», más allá de la denuncia que se hace, está el qué podemos hacer para cambiar nuestro destino (si es que se puede). «Para mí el peligro no es confiar o no en un sistema, sino verte capaz de mejorar o no un sistema. Si no confías en él, ¡cámbialo, coño! ¡Haz algo! La clave está en esa incapacidad para reaccionar por estar anestesiado».

El devorador devorado

El canal de denuncia de todo ello es ese personaje que encarna Pla, un hombre que «devora todo lo que tiene y que se deja devorar por el público»: «Hemos pasado de considerar la gula como un pecado a que la gula sea alimento para nuestra sociedad de consumo. Igual a nosotros nos va mal, pero al mercado le va mejor cuanto más comas o compres. No tenemos instituciones que nos ayuden. En esta sociedad del banquete todo es posible. Si lo pagas, tienes derecho a todo lo que quieras. Es el derecho del cliente. Y si no consigues lo que querías es porque no te has esforzado lo suficiente. Es una aparente libertad en la que acabas en una especie de autoexplotación».

Es la denuncia que Matas y Pla hacen en un «Gula /Gola» del que no quieren contar ni una palabra de su sinopsis. «No lo vamos a hacer», dicen antes de defender su postura: «Es un posicionamiento político en base al teatro. En esta sociedad tan individualista en la que el móvil es una pantalla de separación, nosotros huimos de la cuarta pared. No la queremos. Aquí hay un payaso que se relaciona con el público en el aquí y ahora; lo que hace que el teatro sea un reducto de encuentro que debemos proteger», afirma Pla.

UNA GULA QUE NOS CORROMPE

«Gula /Gola» es una declaración de intenciones. Pau Matas Nogué y Oriol Pla Solina firman un manifiesto en el que hablan de la gula en su sentido más explícito, saborear sin digerir, pero también en un sentido más amplio: «Quiere decir tomar, del mundo, solo los aspectos excitantes y sabrosos, y sobre todo rechazar y huir con facilidad de todo aquello que duele. Evitamos el contacto con la sensación de vacío llenándonos la boca de placeres y estímulos; una imagen de la gula literal y metafórica. Para nosotros, la gula también es aquello que impide cualquier cambio; se evita la rebelión pero llega la metamorfosis. Cuando la gula colapsa al individuo, este se transforma y da paso a la animalidad, a la bestia, al bufón. No se puede salir de la gula engullendo su remedio. Es así como uno mismo se crea su propio laberinto, tratando de huir de donde no se puede escapar, condenado a caer continuamente en la misma trampa. Como una marioneta que no ve los hilos. La gula en su máxima expresión es el retrato de la locura, de la ignorancia, de la ceguera, de la estupidez humana. Salir de este laberinto pasa por dejarse atravesar por el vacío. Cuando uno está inmerso por la gula constante olvida la importancia de aceptarnos en nuestra naturaleza. Hay que detenerse, superar el miedo, las trampas, el pánico, la necesidad constante de una respuesta. Y por eso es difícil, mientras no dejemos de engullir, encontrar las palabras adecuadas para comunicarnos. Es la tragedia del clown».















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