Bipolaridad flexible y hegemonía ausente: las fracturas que definirán un 2026 de “sálvese quien pueda”
El año 2025 pasará a la historia como el momento en que el orden internacional terminó de quebrarse. No fue solo un año más de conflictos abiertos o tensiones acumuladas, sino el punto en que el sistema que organizó el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial dejó de funcionar. Hoy, mirando el 2026, no estamos entrando en una nueva etapa de estabilidad, sino en un escenario mucho más incierto, marcado por la ausencia de reglas claras y por un cambio profundo en la forma en que los Estados ejercen el poder.
Durante años se habló de que el mundo avanzaba hacia una multipolaridad, una etapa donde ya no existiría una sola potencia dominante. En 2025 ese concepto dejó de ser teórico. Hoy no hay un hegemón capaz de imponer orden, pero tampoco hay instituciones con legitimidad suficiente para arbitrar los conflictos. Lo que existe es un sistema fragmentado, donde distintos actores compiten simultáneamente por influencia regional y global.
En ese contexto, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca fue el acontecimiento más decisivo del año. No tanto por su estilo, sino porque terminó de formalizar algo que Estados Unidos estaba asumiendo de manera silenciosa, ya no está dispuesto a sostener el rol de garante del orden global. Washington decidió recalibrar su política exterior bajo una lógica simple y pragmática desde la ideología de Trump, la supervivencia económica y estratégica por sobre cualquier cosa.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.
Lo anterior, se tradujo en el abandono práctico del multilateralismo. La ONU quedó paralizada, la Corte Penal Internacional perdió toda autoridad real y la Organización Mundial del Comercio fue vaciada de contenido tras la imposición de aranceles masivos en 2025. Desde ese momento, el comercio dejó de ser un espacio regulado y pasó a convertirse en un arma de presión política. Entramos de lleno en lo que muchos académicos en estudios internacionales llaman el “realismo transaccional”, no hay amigos permanentes, solo negocios que duran mientras sean útiles.
El retiro de Estados Unidos de su rol tradicional dejó un vacío que nadie logró llenar. Rusia aprovechó la fatiga occidental para consolidar su posición en Ucrania, Emiratos Árabes y Arabia Saudí expandieron su influencia en zonas estratégicas como el Mar Rojo y el Cuerno de África, ignorando cualquier presión diplomática, Turquía avanza en el Oriente Medio y la entrada a Asia, y China perfeccionó su estrategia de presión sin guerra abierta, combinando coerción económica, militar y tecnológica.
El mundo no se ordenó en dos bloques rígidos, sino en una especie de bipolaridad flexible. Países como India o Brasil aprendieron a moverse entre Estados Unidos y China, negociando con ambos y evitando alineamientos absolutos. En este contexto, cada vez más Estados dejan de confiar en alianzas estables y apuestan por salvarse solos.
Este escenario es el caldo de cultivo perfecto para el aumento de conflictos. Potencias regionales como Turquía, Arabia Saudí o India ya no esperan el permiso de Washington. En 2025 vimos los peores intercambios militares en décadas entre India y Pakistán, mientras actores del Golfo se transformaron en protagonistas directos de conflictos en África y Medio Oriente.
Mirando hacia 2026, para comprender este desorden global hay que entender que esto también tiene un impacto directo en nuestra región.
Los presidentes Donald Trump (EEUU), Vladimir Putin (Rusia) y Nicolás Maduro (Venezuela). Fotos: White House y Kremlin.
América Latina dejó de ser una zona periférica. Con Trump, Estados Unidos volvió explícitamente a la lógica de las esferas de influencia. El despliegue militar en el Caribe y la presión creciente sobre Venezuela marcaron el retorno de una doctrina Monroe con esteroides. La amenaza de una intervención directa sobre el régimen de Nicolás Maduro ya no es solo retórica, el propio Trump ha confirmado ataques en tierras venezolanas.
Más allá del discurso sobre terrorismo, la nueva doctrina de seguridad estadounidense deja claro que asegurar su zona de influencia y el control de recursos estratégicos es una prioridad. El crudo venezolano es una de ellas, pero también se mira de cerca el triangulo del litio, el agua en la Patagonia y la entrada a la Antártica.
Pero Estados Unidos enfrenta una contradicción profunda. Su política exterior cada vez más agresiva convive con una fractura interna creciente. La polarización política se intensificó tras la vuelta de Trump, el uso extremo del poder ejecutivo se volvió la norma y la violencia política dejó de ser una amenaza abstracta. El asesinato de Charlie Kirk, el cierre del gobierno federal, la paralización de agencias clave, el propio caso Epstein y el debilitamiento del poder blando muestran a un país con serias dificultades para proyectar estabilidad hacia afuera. En 2026, el principal problema de Washington no está en Pekín ni en Moscú, sino dentro de sus propias fronteras.
En Asia, el foco sigue estando en Taiwán. China perfeccionó en 2025 una estrategia de presión constante que evita el conflicto directo, pero asfixia progresivamente a la isla. Vimos en la última semana el mayor ejercicio militar sobre el mar de la china meridional, es decir que la superpotencia asiática se prepara para una inminente intervención. Japón, bajo un liderazgo más firme, ya dejó claro que Taiwán no está solo, lo que eleva significativamente el riesgo regional.
Además, se suman tensiones persistentes en el sudeste asiático, la frágil estabilidad entre India y Pakistán en Cachemira, sumado a un actor que suele quedar fuera del análisis: Corea del Norte. Pyongyang no solo consolidó su capacidad nuclear, sino que se involucró directamente en la guerra en Ucrania, sellando una alianza con Rusia que genera profunda preocupación en Europa.
Y es justamente Europa uno de los escenarios más dramáticos de este nuevo orden. Para 2026, el continente ya no es el espacio de estabilidad que conocimos durante décadas. La guerra en Ucrania se transformó en un conflicto de desgaste que amenaza la cohesión social europea. Más allá del frente militar, el verdadero riesgo es político, el fin del atlantismo tal como lo conocimos desde 1945, y con ello se abren las grietas en la propia OTAN y la UE.
Las banderas de la Unión Europea y Ucrania. Vía X@SprintMediaNews.
Europa se ve obligada a rearmarse mientras enfrenta sabotajes, ciberataques y una creciente presión migratoria instrumentalizada. Al mismo tiempo, la Unión Europea llega a 2026 profundamente dividida, con el avance de fuerzas nacionalistas que ya no buscan salir del bloque, sino paralizarlo desde dentro.
El modelo que sostuvo la estabilidad europea colapsó, energía barata rusa, seguridad estadounidense y mercados abiertos en China ya no existen. Alemania, motor del continente, enfrenta desindustrialización, envejecimiento demográfico y pérdida de competitividad tecnológica, peor escenario enfrenta Francia con la crisis política y la nula capacidad que han tenido para solucionar el problema de las pensiones y un estado de bienestar agotado.
En Oriente Medio, el 2025 rompió un tabú histórico con la confrontación directa entre Israel e Irán. El 2026 comienza con una paz extremadamente frágil. Irán reforzó su arsenal mientras enfrenta una crisis económica y protestas internas, e Israel evalúa nuevas acciones con respaldo estadounidense. El genocidio en Gaza continúa sin una solución política real, mientras la ruptura entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos abre una peligrosa guerra fría en el Golfo.
A esto se suma Turquía, cuya relación con Israel pasó de la frialdad a la hostilidad abierta. La disputa por el gas en el Mediterráneo Oriental y el rol ambiguo de Ankara dentro de la OTAN convierten a Turquía en uno de los factores más peligrosos de inestabilidad para 2026.
Pero las guerras del futuro no se libran solo en el campo de batalla, los conflictos se expanden al ciberespacio, a los mercados financieros, a la información y a los recursos naturales. La inteligencia artificial y la desinformación han erosionado la noción misma de verdad compartida. El comercio y las finanzas se fragmentan en bloques incompatibles. El cambio climático actúa como multiplicador de tensiones, especialmente por agua y alimentos. Y el multilateralismo perdió su capacidad de arbitraje.
El mundo que enfrentamos en 2026 es el resultado de un 2025 donde se prefirió la transacción rápida sobre la institución sólida. Vivimos en un sistema sin árbitros, donde un error tecnológico, una crisis financiera, un incidente bilateral, regional o cualquier “cisne negro” pueden escalar en cuestión de días. La pregunta ya no es si habrá más conflictos, sino si estamos preparados para un mundo donde nadie hace cumplir las reglas.
