La vida de la gente
Ya no hay calendarios en las cocinas. O, al menos, ya no los hay con la frecuencia de antaño. La misma digitalización que ha llevado a cerrar el correo postal en Dinamarca es la que hace que vayamos abandonando esa costumbre de arrancar físicamente las hojas de un almanaque. Aquella liturgia nos hacía más conscientes de los cambios de guardia entre los meses. Y, en días como estos, nos obligaba a presentar nuestros respetos al año que moría y nuestras esperanzas al recién nacido.
Tengo la teoría de que perder esa referencia palpable con lo que leemos y escribimos, o con el tiempo que se nos escurre entre los dedos, contribuye a que cada vez tengamos menos ocasiones para levantar la cabeza y tomar perspectiva. Antes, alquilar una película en el videoclub nos obligaba a salir de casa, saludar al dependiente, pasear entre las estanterías, intercambiar algún comentario sobre nuestra elección, volver a casa con la cinta en la mano y, tras visionarla, volver al establecimiento a repetir todo ese proceso físico, palpable, medible. Por fuerza, nuestra existencia era más reposada. Ahora, en cambio, el business de las endorfinas ya nos está metiendo por los ojos la nueva serie que ocupará las siguientes horas de nuestra existencia, nada más terminar la que acabamos de consumir. La rueda del hámster más sublime es la que no se ve. La que gira enloquecida al ritmo de un algoritmo.
El caso es que lo que vale para los antiguos videoclubs sirve también para la propaganda política. Antes, para toparte con el NODO, tenías que ir al cine. Digamos que el peaje a pagar por disfrutar de una película era chuparte el noticiero del régimen. Como, además, las sesiones les costaban sus perrillas, nuestros abuelos eran plenamente conscientes de cuántas películas habían visto en un mes y, por ende, de cuántos NODO se metían en el pellejo. En cambio, ahora que TikTok se ha convertido en el nuevo NODO, corremos el riesgo de que los chutes de reels infinitos nos vuelvan adictos al chocolate del loro. Las tomas falsas de Sánchez, las recomendaciones de libros que no ha leído, los bailes de Pilar Alegría sin que diga ni mu del cupo catalán… todo está pensado para desfilar ante nuestros ojos a velocidad algorítmica. Como las columnas de la estación en las que el tren no se detiene. Sin reposo no hay reflexión. Sin reflexión, la propaganda cala mejor. Y si no cala, al menos secuestra nuestro tiempo. Lo ata a lo anecdótico y lo destierra de lo sustancial. En Moncloa lo saben y dan por amortizadas las críticas a su burda estrategia. Burda, pero efectiva en determinados nichos poblacionales.
Ahora que ya no hay calendarios en las cocinas, el presidente del Gobierno terminaba el año elaborando por nosotros su particular almanaque de 2025. Doce meses, doce logros sociales «para mejorar la vida de la gente». Ni una mención a la corrupción, el acoso sexual, el servilismo de la Fiscalía, la estrambótica política internacional… Solo las causas judiciales que el Gobierno tiene abiertas este 2026 le hubieran dado para elaborar un calendario alternativo. En mis tiempos universitarios, un profesor de fotoperiodismo me dijo que hacer una foto no es enfocar lo que sale, sino discriminar todo lo que queda fuera. El sanchismo es experto en dejar fuera lo que no le conviene y, antes de que podamos protestar por la trampa, indignarnos con la siguiente añagaza. El reel infinito. Perdamos toda esperanza de llevar la cuenta de la propaganda que llevamos metida en el pellejo. Las comidas y viajes suntuosos de Ábalos (auditoria independiente muy dependiente mediante) restan minutos de análisis a las tramas instaladas en Transportes y la SEPI. Es todo tan loco que incluso a los ministros les cuesta seguir el ritmo. Sánchez les tiene buscando ideas que sean divisivas o que distraigan la atención. Iniciativas «disruptivas» que no tengan que pasar por el Congreso de los Diputados. Empezó gobernando por decreto, ahora por reglamento y está por ver si acabará mandando porque sí, por pena, por empatía. O por cojones, que es la manera por la que acabaron gobernando tantos otros en esta España nuestra.
Ya no hay calendarios en las cocinas, pero nos hemos plantado en este inicio de 2026. Primeros pasos de un año en el que el cuerpo electoral se asoma al debate público como los jubilados observan las obras: con la curiosidad de saber si los cimientos aguantarán o colapsarán. A Sánchez le quedan pocas cartas más que colocar en lo alto de su tremulante castillo de naipes. En unos días se verá con Junqueras para tocar la tecla de la financiación autonómica y el cupo fiscal. Se viene también ofensiva propagandística contra las comunidades del PP. Confrontar, confrontar. Los candidatos kamikazes salen de Moncloa rumbo a las autonómicas ajustándose en la frente el «hachimaki», mientras los cabestros retiran los despojos electorales del extremeño Miguel Ángel Gallardo. Confrontar, aguantar, resistir.
A García-Page le da en la nariz que algunos buscan el enfrentamiento para esconder sus miserias. Sánchez dice que no, que esto en realidad mejora la vida de la gente.
