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Trump vs Hollywood: el declive del cine "woke"

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Cuando en 1992 una enérgica Judy Davis enfundada en el traje, la voz y los ademanes espídicos de una periodista televisiva renacida tras su reciente divorcio se acerca a una de las mesas que integran "uno de los restaurantes de Nueva York más excitantes del momento donde cada día se reúnen las personalidades más ricas y famosas del país" para interrogar a un hombre de voluminoso estatismo capilar llamado Donald Trump acerca de sus nuevos proyectos, el cine era para el entonces empresario multimillonario un espacio proclive al juego y al cameo esporádico, no un territorio de conquista.

"Bueno, actualmente estoy trabajando en la compra de la Catedral de San Patricio. Quizá para hacer un pequeño ejercicio de demolición y construir un edificio muy muy alto y hermoso", le contesta con el mismo porcentaje de altanería gestual –cuando no opta por la vía directa de los descalificativos verbales– que manifiesta en la actualidad el ahora presidente de Estados Unidos en cada intervención pública.

Esa tendencia a la destrucción de la historia, del elemento culturalmente consolidado, de todo aquello que tiene un incontestable poso de trascendencia artística, para sustituirse por la vacuidad de la dinámica de mercado que deja patente en su intervención durante la divertidísima película de Allen "Celebrity", parece seguir en esta entrada de año más viva que nunca tal y como demuestran sus políticas de intervencionismo en Hollywood. Teniendo en cuenta el sismo económico y cultural con el que se cerraba 2025 debido al anuncio de la pretendida adquisición de Warner por parte de un gigante del streaming como Netflix y la contraoferta propuesta por Paramount para evitar dicha absorción, la última intervención estratégica de Trump resulta de lo más significativa.

Tal y como señalan desde "The Guardian", exigir y terminar consiguiendo el regreso de la cuarta entrega de "Rush Hour", película dirigida por Brett Ratner, el cineasta acusado de conducta sexual inapropiada por multitud mujeres durante la agitación del #MeToo, por parte de los nuevos dueños de la Paramount, adquirida por David Ellison, hijo de Larry, uno de los aliados clave de Trump durante su mandato, no parece, a priori, una simple casualidad.

Abatimiento anunciado

Curiosamente, el yerno del mandatario, Jared Kushner, es uno de los financiadores del intento posterior de Paramount de descarrilar la adquisición de Warner por parte de Netflix, con el propio Trump habiendo sugerido que podría influir en los reguladores corporativos estadounidenses (es decir, los organismos públicos que supervisan empresas) para evitar que dicho acuerdo siga adelante. Por supuesto, como añadido a todo este compendio de catastróficas desdichas en el epicentro del séptimo arte, continúa sobrevolando la amenaza de Trump de "aranceles" no específicos a la industria cinematográfica, aparentemente destinados a mantener la producción de películas dentro de territorio americano. Una de las preguntas embrionarias que parece surgir de todo este contexto es, precisamente, que ¿hasta qué punto la injerencia del presidente puede condicionar, intervenir o alterar de alguna manera el tipo de películas que llegarán a las salas en este 2026?.

Lo cierto es que resultaría cuanto menos osado pensar que el autoritarismo ideológico de Trump puede llegar a posicionarse por encima de la libertad creativa de los estudios o de la intención autoral aperturista e inclusiva de los propios creadores, la misma que en los últimos años se ha convenido en agrupar conceptualmente bajo el calificativo de "woke", pero no deja de despertar expectación el hecho de que pudiéramos encontrarnos con una progresiva desaparición de este tipo de cine. Propuestas audiovisuales próximas como la ya controvertida –no se estrena hasta el 13 de febrero– revisión plastificada de "Cumbres borrascosas" por parte de Emerald Fennell, acusada de "blanquear" el personaje de Heathcliff –que en la novela se describe como alguien "agitanado" y de piel oscura y aquí interpreta un canónico y explosivo Jacob Elordi– podrían ejemplificar esta suerte de abatimiento del cine "woke" que tanto congratularía al caballero de la demolición de edificios.

George Clooney: el último enemigo de Trump

El hecho de que Clooney y su mujer Amal Alamuddin hayan anunciado recientemente su obtención de la nacionalidad francesa ha sido el último aliciente que necesitaba Trump para cargar contra el actor de "Ocean’s Eleven", quien no ha tenido reparo otras ocasiones en manifestar su descontento con la Administración del presidente. El mandatario se refirió a ambos como "dos de los peores pronosticadores políticos de todos los tiempos". "Tenemos que hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande. Empezaremos en noviembre", respondió el actor satirizando el principal eslogan del país.















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