La primera obligación que recae sobre uno en los primeros segundos de vida es el nombre. Es, quizá, una de las pocas cargas que no elegimos y que aun así arrastramos hasta el final: hay quien incluso sostiene que esa etiqueta inicial determina todos los aspectos que luego conformarán nuestra existencia. El «determinismo nominativo» apuesta por esta suerte de conspiración semántica: la teoría sostiene que el nombre de una persona puede influir en su trayectoria profesional, sus intereses o su personalidad. Esta fascinación no es nueva en la literatura, pero ha mutado de la comedia a la ontología. Mientras que Oscar Wilde jugaba en 'La importancia de llamarse Ernesto' con la idea del nombre como una máscara social, un requisito...
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