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'Anestesia del deseo' y otras consecuencias en el cerebro del niño hiperregalado

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Abc.es 
Esta fría mañana de 6 de enero, son muchos los niños que han recibido sus esperados obsequios de sus Majestades los Reyes Magos de Oriente. Paquetes y bolsas por aquí, envoltorios por allá, y una alegría que inunda el salón… durante apenas unos segundos. Lo que tarda el pequeño en rasgar nerviosamente el papel, abrir su regalo y pasar al siguiente. Algunos incluso no llegan a abrirlos todos por el exceso de «bultos» con el que se encuentran en el salón o, sencillamente, terminan jugando con el papel de burbujas o la caja que envuelve el presente. Porque, cuando la cantidad de obsequios supera la que un cerebro infantil puede procesar, se genera un efecto rebote. Este fenómeno es hoy conocido desde la psicología infantil como el 'síndrome del niño hiperregalado'. Es cierto que no constituye un diagnóstico clínico reconocido, pero sí funciona como un término divulgativo que se utiliza para describir una dinámica educativa en la que el niño recibe una cantidad excesiva y continuada de regalos, estímulos materiales o recompensas externas. En días como este queda especialmente dibujada dicha situación pero es un hecho que trasciende estas fechas. Y cuando este tipo de situaciones se produce con frecuencia, lo único que se consigue, avisan los expertos, es alterar el desarrollo emocional de los menores . Expertos en neuropsicología de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), perteneciente a la red de Educación de Planeta Formación y Universidades, lo describen como una 'anestesia del deseo', un fenómeno neurobiológico provocado por el exceso de regalos que anula la capacidad de disfrute del menor.   María José García-Rubio, docente del Grado de Psicología y del Máster Universitario en Neuropsicología Clínica de VIU, y co-directora de la Cátedra VIU-NED, explica que este síndrome se refiere a que «la sobreexposición a estímulos gratificantes, como regalos constantes o recompensas inmediatas, reduce la sensibilidad del sistema de recompensa del niño». Y tiene una explicación a nivel neurobiológico. Según explica Rubio, «esta avalancha de juguetes tiene un efecto directo a corto plazo, al producirse un 'pico dopaminérgico intenso' asociado a la novedad. Sin embargo, cuando los regalos son demasiados o muy frecuentes, 'el cerebro deja de percibirlos como algo especial'». «El sistema dopaminérgico se adapta y la respuesta de placer se atenúa: el mecanismo de recompensa se 'satura' y deja de reaccionar de forma saludable a la novedad», señala la experta de la VIU. La consecuencia directa, prosigue, «es que el deseo pierde su función de motor motivacional y se convierte en una 'búsqueda continua de más estímulo', pero con menos capacidad de disfrute real». No se trata, por tanto, de la circunstancia vivida durante la mañana del día de Reyes. Cuando la experiencia repetida es 'lo quiero, lo tengo', el niño, explica García-Rubio, «no se entrenan procesos esenciales como la demora de la gratificación o la perseverancia. Esto no solo afecta a la convivencia en casa, sino que repercute directamente en su rendimiento académico, ya que el estudio requiere una capacidad de esfuerzo que no están entrenando», advierte Rubio. El cerebro, prosigue esta docente, «aprende por repetición, y si la espera nunca está presente, la frustración aparecerá como algo intolerable». Cuando el niño se habitúa a recibir recompensas externas, -corrobora Irene López, psicóloga y responsable clínica terapéutica de los centros anda CONMIGO, «puede disminuir su capacidad para valorar el esfuerzo, tolerar la frustración, esperar turnos o encontrar motivación en experiencias no ligadas a un premio intangible». Esta dinámica, resume López, «puede favorecer que el niño vincule el bienestar emocional, la conducta adecuada o incluso el afecto adulto a la obtención de recompensas externas, en lugar de desarrollar motivación intrínseca, autorregulación emocional y satisfacción por el propio logro». Si se produce en etapas posteriores, como la preadolescencia, añade esta experta, «el exceso de recompensas materiales puede reforzar una mayor dependencia del consumo como fuente de bienestar o reconocimiento, aunque en estos casos suele ser el resultado de patrones educativos mantenidos en el tiempo». Por ello, concluye esta psicóloga, «más que señalar una edad concreta, o de un 'síndrome' en sentido estricto, habría que subrayar que cuanto más temprano y sostenido en el tiempo sea este patrón, mayor puede ser su impacto en el desarrollo emocional y motivacional del menor, especialmente si no va acompañado de límites, experiencias de espera y aprendizajes no ligados a lo material ».














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