Cayó Maduro, pero la era chavista no ha terminado . Los venezolanos, que esperaban que el derrumbe de la ficha mayor provocara un efecto dominó imparable, ven con frustración cómo el juego parece haberse trabado. Ni la recuperación económica ni la prensa libre llegarán en el corto plazo, pero hay un termómetro inmediato que medirá la verdadera voluntad del «nuevo chavismo» pos-Maduro: la apertura de las celdas . Sin excarcelaciones, no hay transición real. Esa es la premisa de la oposición. Pero los presos de conciencia no parecen estar en las prioridades de EE.UU. , que ha asumido el tutelaje del país caribeño. ABC ha intentado contactar con múltiples familiares, pero pocos se atreven a hablar. Temen que una declaración considerada «incorrecta» por el régimen acarreé castigos a los suyos o frene su libertad. El miedo está justificado. Casi 900 personas siguen tras las rejas (algunos desde 2002) y de unas 70 de ellas no se sabe absolutamente nada. Es el limbo en el que vive Mariana, hija de Edmundo González. Su esposo, Rafael Tudares, cumple este miércoles un año detenido arbitrariamente y las autoridades ocultan su paradero. «No saber dónde está ni cómo se encuentra afecta directamente a la infancia de nuestros hijos. Ningún niño debería pagar con su infancia una injusticia», lamenta Mariana en redes, exigiendo la libertad como única señal de paz. La incertidumbre se ha vuelto política de Estado. Diego Casanova , del Comité por la Libertad de los Presos Políticos (Clippve), confirma a este diario que las visitas siguen suspendidas «hasta nuevo aviso» tras la operación estadounidense. Se ha restringido los perímetros de cárceles como el Helicoide y el Rodeo I para evitar concentraciones de apoyo. A las familias solo les queda la «paquetería», la entrega de comida y medicinas que suplen las carencias del sistema, y esperar que se retomen las llamadas. Algunos, como Santiago Rocha –hijo del abogado Perkins Rocha, preso desde hace más de un año– han logrado esa comunicación mínima: una llamada telefónica vigilada de cerca por custodios. Para Santiago, la ecuación es simple: si el chavismo ha prometido cooperar, la liberación de los presos de conciencia debe ser el primer paso. Pero la calle cuenta otra historia, lejos de la distensión. La represión en Caracas parece haber recrudecido. Con 14 periodistas detenidos este martes y los «colectivos» (grupos paramilitares leales al chavismo) revisando teléfonos aleatoriamente en busca de pruebas de apoyo a la intervención de EE.UU., el flujo de excarcelaciones que goteaba a finales de diciembre se ha secado. La opacidad y el terror psicológico persisten, obligando a las familias a guardar silencio, esperando que, por fin, caiga la siguiente ficha.