Chavismo a lo Trump, por Maritza Espinoza
En The Good Place, esa genial serie de Netflix sobre un falso cielo que termina siendo el infierno (spoiler alert!), hay un lugar intermedio, una especie de purgatorio con una sola ocupante. Es un lugar aburrido en el que nada es totalmente malo ni bueno. De hecho, hay un montón de cerveza, pero siempre está tibia. Hay un montón de yogurt, pero de un solo sabor. Y hay un androide, Derek, que puede satisfacer todos los deseos eróticos, pero carece de aparato sexual.
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Bueno, pues, algo así es Venezuela desde la madrugada del sábado. Ha caído Nicolás Maduro, algo con lo que soñaban todos los venezolanos del planeta, pero se ha quedado intacta la cúpula que lo sostuvo. De hecho, ha sido reforzada: se ha ido Maduro, pero el chavismo ha quedado a cargo con el apoyo del mismísimo Donald Trump, situación absurda que ninguno de los que hoy lo aplauden puede explicar, por mucho malabarismo argumental que intente.
A esta desopilante versión de cierto famoso proverbio chino —“Cuidado con lo que deseas”— se suma también la posición desairada en la que ha quedado la cabeza más visible de la oposición, María Corina Machado, quien hace poco nomás pedía una intervención de Estados Unidos en su país y que hoy ha sido groseramente descartada por el matón del hemisferio, que ha preferido nada menos que a Delcy Rodríguez, la mano derecha de Maduro, para encaminar los destinos de Venezuela.
Según The Washington Post, esto se ha dado porque Trump no perdona que Machado haya aceptado el Nobel que él ansiaba. Según el propio aludido, porque a la mujer que ha encabezado la resistencia y cuyo candidato, Edmundo Gonzales, ganó las elecciones con casi el 70 % de los votos hace un año y pico, “no la quiere nadie en Venezuela”.
Un despistado viajero del futuro que volviera a ver cómo van las cosas se jalaría de los pelos sin entender nada al ver cómo, en un par de días, este Joffrey Baratheon senil le ha dado vuelta a la realidad geopolítica mundial, burlándose con la mayor crueldad de los sufrimientos del pueblo venezolano y, de paso, del derecho internacional, de América Latina y hasta del sentido común.
¿Por qué lo ha hecho? Ese ha sido el eje de todos los debates en las redes sociales en los últimos días. ¿Cuál ha sido la motivación profunda de Donald Trump —que no del gobierno norteamericano, tan atónito como el resto del planeta— para dar este manotazo de oso en este preciso momento? Las especulaciones son muchas, pero todas dejan cabos sueltos.
¿Ha sido el petróleo? Donald Trump ha dicho demasiadas veces que las empresas estadounidenses van a ganar mucho dinero en Venezuela, pero ¿quién es Donald Trump para explicar a Donald Trump? También exigía tierras raras a Ucrania para darle su apoyo. La mayoría de analistas expertos relativiza ese argumento, sobre todo porque, gracias al fracking, Estados Unidos es el primer productor de petróleo del planeta desde 2018 y su petróleo es mejor y más fácil de procesar que el espeso crudo venezolano. Además, en este momento no hay carestía de ese recurso.
¿Será el narcotráfico? Dudoso. No solo porque el tema no ha vuelto a aparecer en el vocabulario de Trump desde el día de la invasión, sino porque el Departamento de Justicia ha eliminado toda mención al inexistente Cartel de los Soles, que Maduro “lideraría”. Además, si erradicar el narcotráfico fuera un objetivo de su gobierno, no hubiese indultado a un capo de la droga hondureño o hubiera invadido primero a México, el país que más droga mete en territorio estadounidense.
¿Es la democracia, entonces? Jajajaja. Perdonen la carcajada. Todos sabemos que a Trump eso le importa un reverendo pepino. De hecho, no ha mencionado ni una sola vez el término “democracia” en sus intervenciones y, además, resultaría un gesto ridículo viniendo de quien está empeñado en demolerla en todos los sentidos mientras se derrite cual damisela ante un autócrata como Vladimir Putin.
Para variar, lo ocurrido solo se explica por las razones personales de Donald. Primero, su flanco político interno (el único que le interesa). Desesperado como estaba por las midterms, vio en la reciente encuesta de Harvard/Harris que más del 66 % de los votantes estadounidenses (83 % de republicanos) apoyaría el derrocamiento de Maduro y decidió una medida que considera capitalizable electoralmente.
Segundo, el tema Epstein, la espada de Damocles que pende sobre su cabeza y de la cual cada día aparece una nueva revelación. ¿Qué mejor forma de desviar la atención pública que una acción espectacular como la ejecutada por la Delta Force para capturar al dictador venezolano y los performativos pasos que se han seguido luego?
Por último, la única razón que sonaría medianamente geopolítica, que es lanzar un mensaje a China para que saque las manos de su patio trasero (o “Our hemisphere”, como eufemísticamente lo llama Marco Rubio) y alertar a los países que comercian con ese país para que vayan cortando vínculos con el rival hegemónico de los Estados Unidos.
Pero más allá de los confusos motivos del lobo, lo cierto es que, a estas alturas, nadie puede decir que Venezuela es libre. Su futuro es más incierto que nunca y, aunque Trump habló vagamente de unas futuras elecciones, pareciera que ni él ni sus adláteres saben con exactitud qué se viene. Maduro está preso, y bien preso, pero mantener al chavismo es una cruel burla que los venezolanos no se merecen.
