Ha transcurrido una semana desde que Nicolás Maduro fue extraído de Caracas en una operación militar estadounidense de precisión quirúrgica, y Venezuela se ha despertado a una realidad que desafía toda categoría convencional. No es el caos que se temía, ni el orden que se prometía. Es algo mucho más inquietante: una suspensión del tiempo político, una pausa que amenaza con prolongarse, mientras la vida, en una mueca de normalidad, sigue su curso. Las calles conservan su trazado, los edificios su verticalidad. Los comercios abren, los autobuses circulan, la gente camina. Pero una nota discordante lo altera todo: el presidente no está. Y nadie, en el fondo, sabe qué significa eso. La vida continúa, y esa es la perturbación más...
Ver Más