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El espíritu de Sevilla

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En la primavera de 1974, año y medio antes de la muerte de Francisco Franco, un grupo de jóvenes socialistas andaluces se reunieron a merendar en los pinares de Puebla del Río, en la margen derecha del Guadalquivir. Allí estaban Felipe González, Alfonso Guerra, Carmen Romero, Manuel del Valle, María Martín, Luis Yáñez, Carmen Hermosín y Manolo Chaves entre otros. Aquella foto, quintaesencia de la refundación del PSOE que se consagraría en el Congreso parisino de Suresnes en octubre de ese mismo año fue conocida como «El clan de la tortilla» y en ella aparecen los dirigentes sevillanos, liderados por Felipe y Guerra, que barrerían al viejo socialismo de Rodolfo Llopis en el exilio. En realidad, nunca hubo tortilla en ese pícnic político, según confesaron después algunos de ellos, sino unos patés, quesos y fiambres que les habían regalado compañeros del partido durante una visita a Francia. La foto reflejaba la unidad del clan socialista sevillano en vísperas de tomar el poder en Suresnes, que cambiaría el giro político del PSOE durante la Transición y daría paso a la histórica mayoría absoluta de González en 1982.

Un claro giro a la socialdemocracia europea, que acuñó Felipe González en aquella frase histórica: «Hay que ser socialistas antes que marxistas». Cincuenta y dos años después a ese PSOE refundado por los jóvenes andaluces «no le conoce ni la madre que le parió», como también dijo en su día Alfonso Guerra.

Muchos de aquellos dirigentes que forjaron un partido con sentido de Estado y que incluso firmaron los Pactos de la Moncloa con Adolfo Suárez y el resto de las fuerzas democráticas claman hoy contra el «sanchismo» y apoyan el manifiesto de Jordi Sevilla. Una declaración que algunos definen ya como «El espíritu de Sevilla», en alusión al apellido del valenciano exministro de Administraciones Públicas con José Luis Rodríguez Zapatero y asesor de Felipe en la presidencia del Gobierno.

Un clamor contra la situación de un partido que se desangra hoy bajo el caudillismo de un líder autocrático, alejado por completo de la realidad y empeñado a toda costa en mantenerse en el poder. Con buen tino, el texto habla de política y no exhibe firmantes, para no caer de esta manera en la trampa de los ataques de las terminales de la propaganda «sanchista».

Como era de suponer el desprecio ha sido la respuesta de Moncloa y Ferraz. Nada se mueve en un coto cerrado de poder, al estilo norcoreano, a pesar de los batacazos electorales y el cerco judicial que atenazan al presidente del Gobierno. No les auguro una batalla fácil a estos socialistas de nuevo cuño sevillano, todos ellos apartados de cargos orgánicos, ajusticiados al amanecer y defenestrados por sus críticas. Nadie osa contradecir al gran jefe, cada día más desnortado, capaz de sacrificar a sus ministros candidatos, Montero, Morant, Alegría, López o Martínez en los territorios autonómicos. Pero al menos supone un soplo de aire fresco, un primer indicio de levantar la voz ante la deriva de un partido en agonía. «No hay peor ciego que quien no quiere ver», dice un veterano dirigente que suscribe el manifiesto de Jordi Sevilla.

El último espectáculo ha sido la entrada en el Palacio de la Moncloa con todos los honores de un condenado e inhabilitado como el líder de ERC, Oriol Junqueras. Ningún primer ministro europeo se habría atrevido a tanto, bajo un «paripé» vergonzante que además, está abocado al fracaso sin el apoyo del PP y JuntsxCat en el Congreso de los Diputados.

Cuentan en su entorno que el fugitivo Carles Puigdemont está que trina con esta pantomima que le da un grotesco protagonismo a su eterno rival republicano. «Las cuentas de la lechera», ironiza un empresario catalán con esta bazofia del nuevo modelo de financiación y la singularidad para Cataluña. En la corte de Waterloo lo tienen claro: o concierto económico como el cupo vasco, o nada.

Mientras, resulta patético el papel de la vicepresidenta, ministra de Hacienda y candidata andaluza, María Jesús Montero, convertida en una caricatura de sí misma. La falacia de afirmar que Andalucía es la comunidad autónoma más favorecida suena a chiste y el desencanto entre los socialistas andaluces es pavoroso. Nada recuerda a aquella foto del «Clan de la tortilla», pues ahora los huevos andan descompuestos, solo a merced de un líder despótico y aferrado a la silla como una lapa sin liberación posible. Urge que los socialistas sensatos reaccionen, porque cada día que Pedro Sánchez habla y se saca de la manga una iniciativa otorga votos a la derecha. Sobre todo a Vox, que recoge según todas las encuestas a miles de jóvenes desencantados de las propias filas del PSOE y que amenaza con superarle en muchas comunidades autónomas. «Pedro es el gran gurú de la extrema derecha», dice un dirigente crítico a tenor de la situación.

Como bien advierte el manifiesto de Sevilla, cuyas descalificaciones serán enormes por parte de la propaganda «sanchista», hay que retomar el camino de un partido de Estado, alejado de los populismos y no rendido a los pies de los independentistas. «Recuperar la dignidad», afirman algunos dirigentes alejados del poder orgánico, pero a quienes les duele la actual situación. Tengo para mí que, de momento, el gran jefe Sánchez seguirá atrincherado en su poltrona y prepara toda una ofensiva contra Alberto Núñez Feijóo. El líder del PP no puede caer en la trampa. Aquel cambio que un día abanderó el socialismo andaluz pasa ahora por Feijóo sin una sola concesión.















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