Marco Antonio de la Parra habla como Shakespeare, piensa en la muerte y sigue escribiendo
En medio de un salón de pool, al ritmo del roce áspero de los vinilos que giran sobre una tornamesa, aparece una voz que no termina de develarse. ¿Actor, psiquiatra, dramaturgo?
Dice llamarse William Shakespeare y habla desde el cansancio. Su monólogo, íntimo y fragmentado, avanza como una confesión tardía sobre el desgaste creativo, el peso de la fama y la paradoja de un arte que promete eternidad mientras el cuerpo se deshace.
El cáncer lo consume, la lucidez persiste y la muerte, irónicamente, no llega. Lo que queda es la pregunta por la vigencia del arte y por el costo emocional de crear cuando ya no queda nada por demostrar.
Es Shakespeare. Aunque, a ratos, también podría ser Marco Antonio de la Parra. Destacado dramaturgo chileno que arrancó este 2026 con una serie de reconocimientos que reafirman el lugar que ocupa entre las mentes creativas más importantes del país.
Uno de ellos fue el Premio Presidente de la República en la categoría Autores de Obras Escénicas, al que se sumó la distinción del Festival Teatro A Mil que lo alzó como el director homenajeado de la actual edición. Instancia donde la obra “Mr. Shakespeare” —escrita por De la Parra y dirigida por Pablo Schwarzes— uno de los platos fuertes, junto al remontaje de “La pequeña historia de Chile“, acaso uno de sus textos más destacados y que se presentará este 19, 20 y 21 de enero en el Teatro Finis Terrae.
Marco Antonio de la Parra en el montaje de “Mr. Shakespeare”. Foto: Teatro A Mil.
—Este premio llegó, de una u otra forma, a darle una suerte de reconocimiento institucional a tu trabajo. Algo que se contrapone a cómo fueron tus inicios en el teatro, durante los años de dictadura y a los márgenes de lo “oficial”. ¿Cómo ves hoy ese tránsito?
El premio fue muy estimulante. Me honra, me sorprende y corona una carrera de mucho trabajo. Desde que empecé a subirme al escenario con la dictadura, curiosamente. Fue una compañera de viaje, digamos, y yo escribiendo paralelamente a lo que estaba pasando. Por eso muchas obras tienen que ver con el tema de la libertad y luego van apareciendo cosas distintas. Pero me marcó y me emocionó ser reconocido. Fue muy emotivo.
—De hecho, en tu discurso hablaste de la importancia de no olvidar que las artes, el teatro y la cultura en general son un puente en tiempos donde prima la polarización.
Es algo básico porque nos protegen de la destrucción mutua. Las artes son una forma de encontrarse, de dialogar, de saber del otro, de poder decirle al otro lo que está pasando. Una herramienta de escucha necesaria en un país que se puede polarizar y que políticamente, entonces, no esté dispuesto a hacer alianzas.
—Finalmente, no solo nos hace cuestionarnos la realidad, sino también permitir el diálogo…
Sí, eso es lo que llamo yo la escucha. Y la escucha en ambos sentidos. Un puente, como decías tú, pero con tráfico hacia ambos lados. O sea, vamos hacia allá, aprendemos algo y volvemos a nuestro territorio, pero también hemos entregado parte de lo nuestro a los otros. No es un encuentro de enemigos, sino de personas que descubren, que tendrían el potencial de ser enemigos y destruirse y que eligen crecer, cultivar, escucharse.
El dramaturgo y psiquiatra Marco Antonio de la Parra recibiendo el Premio Presidente de la República a las Artes Escénicas, en la división Autores de Obras Escénicas. Foto: ATON.
—”Mr. Shakespeare” es un cruce de referencias y de autores. Shakespeare, Calderón de la Barca, entre muchos otros. Todo eso, contenido en un monólogo que nos invita a volver a poner la palabra en el centro. ¿Cómo ves ese gesto en el contexto actual, donde la palabra parece estar reducida a su mínima expresión?
Es un intento de huir del empobrecimiento de lo humano. La palabra es probablemente el gesto humano más profundo. Somos la especie que habla. Ninguna otra habla ni tiene la posibilidad de, a través del lenguaje, construir un mundo. Somos la única especie que hace poesía, y eso hay que recordarlo porque de pronto nos comportamos —y la gente lo dice— como bestias. A pesar de que las bestias son más tranquilas que los seres humanos. Y entonces, tenemos que protegernos a través de las palabras. Protegernos y buscarnos.
—Shakespeare es uno de los autores que más te han marcado, pero igualmente salen a la vista clásicos de otros autores, como “El Quijote de la Mancha”. ¿Por qué es relevante volver constantemente a repensar los clásicos?
El trabajo con los clásicos es fundamental. Te refresca, te revitaliza, te entrega materiales muy profundos. Por algo se convirtieron en clásicos. Materiales que te vuelven a servir incluso mejor que los que uno pueda inventar ahora. Te hacen repensar la condición humana. O sea, un clásico apela a aquello que se suponía era sencillamente una repetición, aunque ya no es así: en cambio, es una visita a un aprendizaje superior. Trabajar con Shakespeare, por ejemplo, es muy difícil porque, justamente, un clásico tiene una potencia inusitada, increíble. Y a lo largo del teatro hay otros momentos clásicos que me interesan siempre mucho. Es una especie de relectura del teatro mundial.
—También es curioso que tu Shakespeare, el que aparece en este monólogo, es psiquiatra, como tú. ¿Reconoces algo de Shakespeare en tí? ¿Cómo se da esta relación de amistad y complicidad entre tú y este autor?
El cruce lo he usado en otras obras y me encanta. Entre Shakespeare, yo mismo, un autor imaginario y alguien con quien habla este Shakespeare y que no sabemos nunca quién es. Si es la muerte, si es la amistad, si es su alter ego. Hay que verlo…
Marco Antonio de la Parra en la obra “Mister Shakespeare”. Foto: GAM.
—¿Y qué significa Shakespeare para ti, Marco Antonio?
Shakespeare es como un padre. Uno que siempre te está enseñando algo. Que logró con 37 obras lo que uno no puede con 100, incluso con mil. Te quedas con las cuatro tragedias y ya tienes un planeta de teatro. Inventó lo humano, inventó el habla inglesa. Es tremendo. Uno lamenta no hablar inglés antiguo para realmente disfrutar lo que era musicalidad para Shakespeare, el verso pentámetro yámbico.
—Hace un tiempo, le preguntaban a Héctor Noguera, otro gran referente de las tablas chilenas, qué libro se llevaría para la eternidad. ¿Cuál te llevarías tú? ¿Sería algo de Shakespeare?
Quizás no me llevaría una obra de teatro. Me llevaría un libro que me permitiera, quizás, hacer una obra de teatro. Algo que, no siendo teatro, me va a provocar un insight, una introspección mayor. Estoy pensando en uno que es precioso, poco conocido, que se llama ‘La muerte de Virgilio’, del autor Hermann Broch. Es un libro impresionante, y ahí está un tema clave de la obra de Shakespeare, que es la muerte, la agonía, el que te salve la poesía. Es un libro maravilloso y que yo he picoteado muchas veces pensando ‘esto se va a transformar en teatro’. Shakespeare habría tomado este tema, a Virgilio muriendo. Yo tengo una biblioteca asesina, con libros en segunda fila. Debo tener unos mil 500, 3 mil libros, una cosa monstruosa. Y por ahí ha entrado ‘La muerte de Virgilio’ y otros más. Podría marear con la lista que armaría… Yo haría trampa con ese juego, de qué libro te llevarías. Y me llevaría por lo menos unos cinco o seis. Por lo menos…
—Encontrarías la forma de llevarte más de uno, finalmente.
Sí. Cuento con mi memoria, que hasta ahora es sana y bien poderosa, y que permite conocer más.
—Y por estos días, ¿qué libros u obras te están acompañando?
Estoy esperando ver ‘Acreedores’. También ‘La tragedia escocesa’, pero no la de Shakespeare. Hay una versión de Macbeth bien especial en el Teatro Nacional Chileno. Estoy esperando ver de nuevo ‘La pequeña historia de Chile’, que es, dentro de mi teatro, mi favorita, y ver en qué estado está, cómo la han puesto en escena hoy. Fue distinguida recientemente por el Círculo de Críticos de Arte como el mejor remontaje del año, así que la van a dar ya coronada. Es súper estimulante, muy bonito. Es una obra que me gusta muchísimo y creo que me llevaría ‘La muerte de Virgilio’ para transformarla en una obra con la potencia que tiene ‘La pequeña historia de Chile’.
—Hablábamos de esta distinción institucional que llega con el Premio Presidente de la República. El gesto de Fundación Teatro a Mil también es muy importante. Eso nos habla de un reconocimiento, de un legado que ya empieza a vislumbrarse. ¿Cómo ves la ponderación de tu obra en este punto de tu vida, donde además te estás subiendo al escenario a protagonizar esta obra? ¿Cómo sientes que se está ponderando ese legado?
Mira, yo creo que entré en otro ciclo. Pienso que hay varios ciclos en mi teatro: el ciclo oculto, estudiantil, amateur; el ciclo en que trabajamos contra la dictadura; luego el de los primeros tiempos de la transición; y ahora entré en uno distinto que tiene que ver con este diálogo con la muerte, con preguntas más profundas. Tiene que ver con ‘La muerte de Virgilio’, con releer a Shakespeare, esta tragedia, y darle otra vuelta más. Esto sentí cuando me llamaron para los dos premios, el premio y la distinción. De repente estaba turulato, con la sensación de que no se me iba a ocurrir nada. Y no: a los pocos días empecé a tomar notas para un par de obras nuevas.
Marco Antonio de la Parra en la obra “Mr, Shakespeare”. Foto: Vicente Palominos.
—Y volviendo a “Mr. Shakespeare”, ¿Te gusta esa parte, de subirte al escenario? Más allá de la escritura y la dramaturgia propiamente tal…
Me gusta mucho. Lo he hecho poco porque soy psiquiatra y no puedo tener todo el tiempo para ensayar que quisiera. Pero partí así, haciendo teatro arriba del escenario en la Escuela de Medicina, y luego vino la psiquiatría y hubo que tomar decisiones. Nosotros estuvimos con una obra que se llama ‘La secreta obscenidad de cada día’, que ha sido un éxito mundial. Estábamos con ese montaje en Madrid y querían que me quedara allá, que la montara con actores españoles, que hiciera una sobre Ramón Gómez de la Serna y la actuara yo, una cosa de otra dimensión. ¿Pero qué me significaba? Abandonar Chile, mudarme, un montón de cosas. Decisión que no tomé. O la tomé, y me quedé en Chile. Me quedé psiquiatra, pero igual me he vuelto a encontrar con España.
Esta obra, ‘Mister Shakespeare’, estuvo en el Teatro La Abadía, en España, en la Semana de la Hispanidad, una celebración que es como el 18 de los españoles. Y, además, ha sido montada en muchos otros países. Ya estoy pasando las cien obras. Escribo las dos que vienen y van a ser 102. ‘Mister Shakespeare’ es la número cien. Eso es raro. Es raro cuando veo las obras, cuando veo el reconocimiento. Es extraño, pero es estimulante. Muy bonito.
—¿Fue muy difícil esa decisión de, finalmente, optar por la psiquiatría como tu primera vocación?
Eran años complejos. Hablo del año 87. Uno podía quedarse afuera y convertirse en una especie de exiliado. Y tenía que mover a toda mi familia. Entonces, me volví a Chile cuando se estaba luchando por la campaña del No. Trabajé en publicidad y también en el No. Había como muchas cosas en juego, muchas. Ahora quizás me pillaría en un momento donde existe Zoom y a lo mejor hago la obra, viajo y todo lo demás. Pero era una época en que no había ni fax. Tenía que irme a España para trabajar. Si no, creo que habría hecho algún juego para conseguir mantenerme en esta doble vocación.
—Aunque, finalmente, uno se imagina que también existe una relación entre la psiquiatría y el teatro mismo.
Sí, de todas maneras. Es el puente del que hablábamos al comienzo. El puente también está dentro de uno. Y ayuda al dolor mental. O sea, el teatro también cura.
