Otra despedida cruel
Confieso que hoy estoy viviendo un día de mucha emoción, incontenible. Se me hace un nudo en la garganta evitando el llanto. Siento, como propio, el dolor de los padres y madres que aguardan la llegada de los cuerpos de sus hijos asesinados en Venezuela por los yanquis, acribillados a balazos, en una completa desventaja de 32 frente a más de 150 gringos de tropas bien entrenadas, con armamento mucho más potente y protección aérea de helicópteros artillados.
Han caído dando hasta su última gota de sangre y han dado una muestra de valentía comparable a la de nuestros más heroicos libertadores en las guerras por la independencia: como Maceo, Agramonte, nuestro noble Martí, empuñando apenas un revólver frente a una tropa de fusileros; como nuestro legendario hijo argentino Ernesto Guevara de la Serna —nacido en la guerrilla de Fidel— asesinado indefenso, herido, tras agotar sus balas; o el intrépido Vaquerito, el primero en saltar al frente, a pecho descubierto, un suicida de amor por su amada Patria, su tierra madre, tanto como la que le dio vida y lo amamantó.
Los nuevos héroes que vuelven coronados de gloria en aquel combate desigual en Venezuela vienen con heridas frescas, heroísmo renovado, ejemplo de lo que son capaces las nuevas generaciones. Héroes y mártires, ejemplares internacionalistas del nuevo siglo en el centenario de Fidel.
Herederos de nuestro Apóstol, cuando frente a la estatua de Bolívar, el Libertador, en 1881 —sin sacudirse el polvo del viaje, con lágrimas en los ojos— dijo: «Deme Venezuela en qué servirla, ella tiene en mí un hijo».
Eso que aprendimos desde que la Revolución rescató y reveló a viva voz el ejemplo desinteresado de entrega del dominicano Máximo Gómez a la independencia de Cuba; y el todavía más noble gesto de asignarle a su hijo Panchito, de solo 21 años, el cuidado y asistencia a Maceo, a quien cubrió y protegió con su cuerpo.
Siento que es mi deber, un compromiso con ellos y con nuestro pueblo, dejar el testimonio del dolor, la rabia, el juramento de que «no están olvidados, ni muertos».
No puedo quedarme mudo, insensible. Sé que mucha gente en nuestra Patria siente igual. Y quieren y deben saber quiénes son cada uno de ellos, su historia de vida, porque han ingresado en la inmortalidad, y nos toca preservar su ejemplo.
Ellos, como diría Fidel en la despedida de los mártires del crimen de Barbados, «nos recuerdan que los crímenes del imperialismo no tienen fronteras, que todos pertenecemos a la misma familia humana y que nuestra lucha es universal».
Ahora, como aquel inolvidable día de 1976 —tan triste y enardecedor— reiteramos con nuestro Comandante en Jefe que «no podemos decir que el dolor se comparte. El dolor se multiplica. Millones de cubanos lloramos hoy junto a los seres queridos de las víctimas del abominable crimen. ¡Y cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla!».
