La Patria ganó a otro héroe
PINAR DEL RÍO.— A sus 78 años Yoel Pérez Delgado tiene la fortaleza suficiente para lidiar con la peor de las noticias. No es que pueda asimilarla o que tenga en el pecho un corazón gigante que le permita seguir viviendo como hasta ahora; es que sabe que acaba de perder lo más valioso que tenía en su vida, el eje de la familia, el puntal, su hijo: «La única satisfacción es que cayó defendiendo, cumpliendo como tenía que cumplir», dice ahora con la voz quebrada.
«Tuve tres hijos, el mayor murió muy joven de cáncer y ahora a Yoel, que era el que seguía, le tocó caer como han caído muchos. El más pequeño vive en otra provincia», expresa con una fuerza que derrumba, pero él se mantiene en pie.
«Yo sabía que, si un día ocurría algo, por donde él estaba no iban a cruzar, tendrían que pasarle por arriba», asegura como aquel que no vaticina el futuro, pero sabe y entiende que hay riesgos al borde del camino.
Yoel Pérez Tabares es uno de los 32 combatientes que cayeron en Venezuela en los ataques realizados a esa nación en la madrugada del 3 de enero. Hijo de Consolación del Sur, padre de una familia que creció mucho porque sus amigos son sus hermanos, valiente por naturaleza, jaranero, guajiro, firme en sus principios y muy cubano.
Así lo definen quienes lo conocieron y también los colegas de trabajo que en medio de la organización de las honras fúnebres y al escuchar hablar a Miriam Ramos, la esposa, dejan escapar más de una lágrima por el capitán.
Padre, hijo, amigo
Por un momento el padre se remonta al niño que educó, dinámico, activo, que llamaba la atención porque le gustaba relacionarse con los demás. «Le encantaba jugar con los niños y de adulto lo seguía haciendo».
Guarda silencio como quien toma un respiro para poder continuar: «Para esto uno no se prepara, pero hay que seguir pa´lante, porque están los que le siguen, mientras uno tenga fuerzas, mientras que se pueda, por las nietas…».
No hacía dos meses que Yoel había viajado a Venezuela. Su padre sabía la responsabilidad que ocupaba y que más de una vez al día el hijo lo llamaría o le escribiría, siempre debía esperar que él lo hiciera, nunca tener la iniciativa.
«En la madrugada del 3 de enero, Miriam, su esposa, me llamó y me dijo que estaban atacando Venezuela. Yo sabía que entraba de guardia a las doce de la noche; hablamos por última vez sobre las siete.
«Hice un trillo de la cocina al balcón ese día esperando una noticia, hasta que me tocaron a la puerta ya al anochecer sus compañeros de trabajo, sus amigos. No era necesario que dijeran nada», cuenta el padre, y sabe que esa imagen no se borrará de su mente jamás.
«De ahí para acá ha venido mucha gente, nos han apoyado porque él era muy querido. Cuando terminó la carrera de Derecho me trajo el título, dice que era más mío que suyo».
Aún tiene muchas preguntas, pero ninguna, asegura, le va a devolver la vida de su hijo. Solo le queda la certeza de lo que se sabe hasta ahora, y es que resistieron.
«Tengo 78 años y lo conocía bien, nosotros sabíamos de lo que era capaz. Era un hombre optimista, sin imposibles, para él todo se podía resolver, todo se podía solucionar».
A su lado, muy callada está una de las dos hijas de Yoel. Noelys Pérez estudió en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos y después se hizo profesora de Matemática en la sede pedagógica Rafael María de Mendive.
«Antes de irse me pidió que cuidara a mi abuelo, le dije que se fuera tranquilo y aquí estoy». El abuelo, que la mira de soslayo, tiene en ellas los motivos que lo sostienen: «Le he explicado que tiene que seguir estudiando, hacer una maestría; hay que prepararse para la vida», comenta.
En la complicidad del amor
En la madrugada del día 3 Miriam no tenía sueño. A esa hora supo que caían bombas sobre Venezuela. Entonces temió por la vida de ese hombre que desde hace 20 años la acompañaba, con el que levantó un hogar, el que la ayudaba en la cocina como compensación a aquellos tantos planes que en más de una ocasión hubo de posponer y suspender porque el trabajo de Yoel, como oficial del Minint, le exigía mucho tiempo.
«Pero eso nunca fue un problema para nosotros. Yoel escogió su carrera porque le gustaba, no hubo una imposición, y tenía como máxima el respeto. Nosotros logramos que la familia fuera una sola, la mía, la suya, sus hijas y ahora eso hay que mantenerlo», comenta Miriam entre el dolor y la satisfacción que le provoca haber construido junto a él su vida, desde hace más de dos décadas. «Se perdió a un hijo, un padre, un esposo; pero la Patria ganó un héroe», y sus palabras caen como certezas entre lágrimas y un nudo en la garganta que la obliga a hacer una pausa.
A ratos rompe en llanto. Es muy reciente la pérdida, pero ya comienza a recordarlo en sus momentos más alegres; prefiere verlo así. «Son muchas las personas que se me acercan, gente que no conozco, que se me abrazan y me dicen que fueron sus compañeros de trabajo o me cuentan agradecidos alguna anécdota que tuvieron con él».
Miriam dice que en más de una ocasión le dijo que era un «Martí negro», simpatizaba de una manera extraordinaria con las personas y, sobre todo, con los niños.
«Tenía todas las cualidades de Martí: era un hombre sincero, muy valiente, como lo demostró, aunque ya yo lo sabía. Fue instructor del órgano provincial de instrucción, hizo la licenciatura en Derecho mientras trabajaba, y fue bueno en sus tareas, yo no tenía acceso a lo que hacía, pero los resultados se revertían en los reconocimientos que recibía.
«Cuando fue a cumplir misión sabía el riesgo que corría y nosotros también. Han sido 21 años en las buenas y en las malas», comenta en un sillón de la sala de la casa, en cuya esquina hay una foto de Yoel y unas rosas y orquídeas para él.
«Tenía una visión de las cosas tan diferente, teníamos tanta empatía… y me da una satisfacción muy grande poder hablar así, porque es que no he podido, ahora que he mirado hacia atrás, señalar nada negativo en la relación de nosotros».
En esa dimensión hermosa en la que se tiene a la gente que ha sido buena en vida estará él. Su esposa solo quiere que se recuerde como el hombre cabal que era, amigo, hermano, y agradece a tanta gente que aun sin conocerla han honrado su memoria.
En esa complicidad que tenían basada en el respeto y el amor se mantendrán los mejores recuerdos, esos que permiten que hoy, en medio del dolor, del duelo, se escape al viento alguna sonrisa para Yoel.
