Добавить новость
smi24.net
World News
Январь
2026
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31

Año 1 de Trump: el arte de presionar

0

Aun año del arranque de su segundo mandato, Donald Trump no ha improvisado en su relación con México. Al contrario, ha sido notablemente consistente. Ha aplicado, casi línea por línea, la lógica que él mismo describió en The Art of the Deal (1987): presión máxima, posturas extremas y control de la narrativa pública, para la obtención de concesiones que luego serán presentadas como triunfos. La diferencia es que hoy el “deal o trato” no se negocia con un banco o un desarrollador inmobiliario, sino con un Estado vecino, altamente integrado a la economía estadounidense y vulnerable a diversos tipos de presión.

Para entender la estrategia de Trump frente a México conviene dejar de lado la indignación moral y concentrarse en el análisis estratégico. No se trata de si sus métodos son justos o generosos –no lo son–, sino de reconocer qué busca, cómo presiona y cuándo decide escalar. Trump no gobierna desde la diplomacia, sino desde la negociación dura.

Trump parte de una premisa básica: la relación con México es asimétrica y, por lo tanto, exprimible. México depende del acceso al mercado estadounidense, comparte una frontera compleja, difícil de controlar, y enfrenta problemas de seguridad que rebasan sus capacidades. Esa combinación le ofrece a Washington una caja de herramientas amplia: aranceles, sanciones financieras, designaciones legales y restricciones migratorias. Trump ha echado mano de todas ellas para mandar un mensaje sencillísimo: cuando Estados Unidos quiere resultados, sabe apretar donde más duele.

Uno de los rasgos claros de este primer año ha sido la conversión de problemas no comerciales –migración, narcotráfico, fentanilo– en instrumentos de presión económica. Los aranceles “condicionados” no buscan rediseñar el comercio bilateral, sino forzar acciones rápidas y visibles por parte de México. Funcionan porque son creíbles, generan costos inmediatos y suscitan escándalos; en suma, constituyen un garrote eficaz.

Otra pieza clave de su estrategia ha sido la redefinición del marco del conflicto. Designar a cárteles como organizaciones terroristas, clasificar al fentanilo con un lenguaje propio de armas de destrucción masiva, o afirmar que el Estado mexicano protege a políticos coludidos con el crimen organizado, no es mera provocación. Es un intento deliberado por mover el problema de la esfera criminal binacional a la de la seguridad nacional estadounidense. Cambiar el marco importa porque amplía el margen de maniobra de Trump y reduce, al menos retóricamente, las restricciones a la acción.

Eso no significa que Trump esté buscando una intervención militar directa en México. Más bien, mantiene esa posibilidad como una amenaza latente, como una carta sobre la mesa. Es presión psicológica pura: no hace falta jugarla para que funcione. Basta con que la contraparte sepa que existe.

En paralelo al ruido público, Trump ha avanzado en la construcción de capacidades. La creación de fuerzas conjuntas dentro del Comando Norte, el aumento de tareas de inteligencia y los sobrevuelos de reconocimiento no son, por sí mismos, actos hostiles. Aquí conviene distinguir entre el mero teatro y el riesgo real. Las frases incendiarias se olvidan; las capacidades institucionales persisten.

¿Cuáles son, entonces, los objetivos reales de Trump frente a México? Primero, obtener resultados rápidos y comunicables en migración y drogas que pueda vender como éxitos a su base electoral. Segundo, demostrar que la coerción funciona, que apretar tuercas da resultados. Tercero, disciplinar la relación bilateral de cara a negociaciones futuras, incluida la revisión del T-MEC, desde una posición de fuerza.

Trump no parece interesado, al menos por ahora, en dinamitar la relación económica. La integración es fructífera para ambos países. Tampoco hay que asumir que busca una intervención militar abierta, cuyo costo sería enorme. Su apuesta es más bien pragmática: mantener a México cooperando bajo presión, aceptando marcos definidos en Washington y entregando resultados que puedan ser presentados como logros de su administración.

Para México, el reto es mayúsculo. Responder al ruido es jugar en el terreno de Trump. Ceder sin condiciones es invitar a una siguiente amenaza. La estrategia menos mala –porque no hay estrategia perfecta– pasa por combinar firmeza en dimensiones como la soberanía, cooperación condicionada, control de la narrativa y activación de contrapesos en Estados Unidos que eleven el costo político de las escaladas. No es sencillo, pero es indispensable.

Trump no está improvisando; está negociando. Y como negociador experimentado de línea dura, tensa la cuerda hasta donde cree que no se va a romper. Entender esa lógica no garantiza el éxito, pero ignorarla sí garantiza el fracaso.















Музыкальные новости






















СМИ24.net — правдивые новости, непрерывно 24/7 на русском языке с ежеминутным обновлением *