Starmer se desmarca de las represalias de la UE contra los aranceles de EE UU
En geopolítica los adjetivos se consideran armas precisas. Y aunque “erróneo” no parezca, a priori, uno de los más contundentes, cobró un significado especial al ser utilizado por el premier Keir Starmer para condenar las amenazas de Donald Trump de imponer impuestos a las importaciones procedentes del Reino Unido y de otros países que se oponen a sus planes de tomar el control de Groenlandia.
La serenidad y prudencia siempre han marcado las pautas del líder laborista a la hora de lidiar con el impredecible inquilino de la Casa Blanca. Pero las últimas intimidaciones del norteamericano no sólo están poniendo en jaque a la OTAN, sino que han creado la mayor crisis en la histórica relación especial entre Londres y Washington.
Starmer afronta la tarea poco envidiable resistir con firmeza las exigencias de Trump para anexionarse la isla que está bajo la soberanía de Dinamarca -miembro de la OTAN- y, al mismo tiempo, evitar desesperadamente que el asunto escale aún más. En un discurso desde Downing Street, el premier aseguró que el “enfoque correcto” pasa por una “discusión calmada”, pero recalcó que el uso de aranceles contra aliados “no es la manera adecuada de resolver las diferencias”. “Es algo completamente erróneo”, matizó.
Reiteró su convicción de que las decisiones sobre la isla deben corresponder a los habitantes de Groenlandia y de Dinamarca. Los principios “no pueden dejarse de lado”, afirmó. Pero, aunque trató de rebajar la tensión, insistió en que la situación es “muy seria”, por lo que se trata de un “momento para que todo el país cierre filas”. “El mundo se ha vuelto notablemente más turbulento en las últimas semanas”, explicó durante su intervención.
La posición del primer ministro británico -cuyo futuro político depende precisamente de impulsar el estancado crecimiento económico del Reino Unido- es delicada. Sigue insistiendo en que una “guerra arancelaria no beneficia a nadie”. “Mi prioridad es asegurarme de que no lleguemos a ese punto”, matizó. Dio a entender que, mientras la UE avanza con un paquete de represalias de 78.000 millones de libras, la respuesta británica será discreta, basada en acciones privadas y no públicas. Eludió la oportunidad de respaldar la cancelación de la próxima visita de Estado del rey Carlos III a Estados Unidos y afirmó con valentía —apenas dos semanas después de la operación en Caracas— que Trump no recurrirá a la acción militar.
La “discusión calmada” es, a juicio de Starmer, la mejor vía a seguir actuando. En todo momento, detalló pacientemente la cooperación entre Estados Unidos y el Reino Unido en materia de defensa, inteligencia y seguridad. “Eso exige que mantengamos una buena relación con Estados Unidos”, argumentó.
En definitiva, en medio del estruendo y el ruido del segundo mandato de Trump, Starmer sigue apostando porque hablar en voz baja en privado valga más que levantar la voz en público.
Sin embargo, su papel de intermediario entre Europa y Washington cada vez se complica más. Sobre todo, teniendo en cuenta el apoyo de la Casa Blanca sigue siendo crucial para conseguir poner fin a la guerra de Ucrania, donde no sólo está en juego el futuro de Kiev sino el de toda Europa.
Se espera que los líderes europeos planteen el futuro de Groenlandia ante Trump esta semana, cuando viaje a Davos para la reunión del Foro Económico Mundial. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha insinuado que quiere imponer contramedidas arancelarias, afirmando que la UE debería desplegar su “bazuca comercial”, mientras que la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, ha expresado su preocupación por el coste mutuo de una guerra comercial. Por el momento, Starmer no tiene previsto asistir a Davos, aunque sigue siendo una opción a medida que avancen los días.
Durante el fin de semana, un pequeño contingente militar francés viajó a Groenlandia como parte de una llamada misión de reconocimiento. El despliegue también incluyó a Alemania, Suecia, Noruega, Finlandia, Países Bajos y el Reino Unido.
Preguntado por si Trump había interpretado erróneamente la visita como un acto hostil hacia Estados Unidos, el premier señaló que fue uno de los asuntos que trató con el presidente norteamericano en la conversación telefónica mantenida el domingo. “Esas fuerzas estaban claramente allí para evaluar y trabajar sobre el riesgo procedente de Rusia; espero que exista una claridad real al respecto”, matizó. Añadió que Europa necesita “dar un paso al frente y hacer más por su propia defensa y seguridad”. Downing Street creía que solo una presencia militar visible en el Ártico podía convencer al norteamericano de que el problema de la seguridad ya estaba resuelto. Pero las ansias imperialistas de Trump actúan bajo un guion muy diferente que amenaza con desquebrajar la que hasta ahora ha sido la alianza más importante de Occidente.
